“Eran ejércitos de atracadores a nuestra caza. Allí había peleas, robos, cargas. Una película de miedo”, contó el aficionado español Alfredo Gómez, quien vivió una noche de terror, al diario madrileño 20minutos. Alfredo no pudo ni festejar la decimocuarta copa ganada por su querido club. Él fue uno de las decenas de miles de hinchas del Real Madrid y el Liverpool, asistentes a la final de la Champions League el sábado 28, víctimas de robos, golpes y, sobre todo, pánico causado por bandas de marginales y delincuentes que habitan el barrio de Saint-Denis, en la periferia de París, donde se encuentra el Stade de France, construido para el Mundial de 1998. Ya de día Saint-Denis genera temor, las caras son hostiles y uno cree de verdad que puede ser asaltado o violentado de alguna manera. Lo que llamamos un barrio pesado.

Thierry Henry, el gran delantero francés, hoy comentarista, alertó el día anterior a la final a las dos parcialidades: “Hay que tener cuidado, el estadio está en Saint-Denis, no en París. No es París”, dijo, para añadir que “está muy cerca, pero créeme, no quieres estar en Saint-Denis”. No obstante, nadie pensó que viviría semejante calvario, en el que se combinaron tres elementos clave: desorganización de la UEFA y las autoridades parisinas, inoperancia policial y la ubicación del estadio, en una de las zonas socialmente más explosivas del país. También escasa presencia policial para contener y dar seguridad a los alrededor de ciento veinte mil hinchas que se dieron cita en el escenario, gran parte de los cuales no pudieron entrar por carecer de entrada.

Los gravísimos sucesos se dieron antes del juego, que obligaron por primera vez en décadas a postergar el inicio por 36 minutos, pero sobre todo después, cuando la noche cerrada posibilitó un mejor escenario para los malvivientes, que abordaban a los desprevenidos, muchos de los cuales se quedaban paralizados y eran despojados de todas sus pertenencias. Muchas mujeres fueron golpeadas y desnudadas. En algún momento, hinchas del Madrid y del Liverpool hicieron círculos y se pusieron espalda con espalda para protegerse de los agresores. No pasó en un suburbio de inframundo, sino en París.

Hinchas del Liverpool esperando para entrar al Estadio de Francia el sábado. Foto: AFP

Es muy usual en Europa que miles de hinchas de clubes se trasladen a otros países para ver a sus equipos. Hay mucho dinero, libre circulación, facilidades de viaje (auto, tren, bus, avión), las distancias no son tan largas como en Sudamérica y está de moda que verdaderas multitudes se movilicen para seguir a sus jugadores. Incluso se compite a ver quién lleva más. Y si no tienen ingresos se largan igual y ven de conseguir boletas en la reventa. Un tiquete de 300 euros puede llegar a pagarse tres mil, igual los compran.

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En la final de la Europa League también se registraron incidentes y peleas entre las hinchadas, aunque ni punto de comparación con el drama vivido en París. Y las autoridades españolas lograron controlar la tensa situación. “Hay 190.000 fans que no pudieron estar en este estadio de Mickey Mouse”, protestó Peter Fischer, presidente del Eintracht Frankfurt, a la postre campeón. Fischer dijo que casi 200.000 alemanes habían viajado. Sin embargo, cifras estimadas de los medios indican que unos 50.000 simpatizantes del Eintracht Frankfurt y 100.000 del Rangers de Glasgow se allegaron al estadio Ramón Sánchez Pizjuán, del Sevilla Fútbol Club. Este solo puede albergar a 43.883 espectadores, por lo que más de sesenta mil quedaron fuera, con el riesgo que ello representa, muchos bebiendo alcohol. La UEFA repartió diez mil entradas para cada club y el resto fue al protocolo (invitados, patrocinadores, etc).

En la final de la Liga de Campeones no fue igual. Detrás del glamour y el colorido que aportaron hinchas del Liverpool y Real Madrid se vivió una dramática y tenebrosa situación que por suerte no dejó víctimas mortales. Pero pudo ser un desastre mayúsculo. El Estadio de Francia tiene aforo para 81.338 personas sentadas, pero no alcanza para la pasión actual por el fútbol. Solo del Liverpool viajaron 100.000 a París. La UEFA había repartido 20.000 localidades para cada finalista. Pero no necesariamente debe tratarse de una final para que se registre tal afluencia de público, en cuartos de final de Europa League, el Eintracht, cuyos seguidores son los más pasionales de Alemania, por encima del Bayern Munich o el Borussia Dortmund, fueron a Barcelona en número de 50.000, de los cuales 35.000 de ellos lograron conseguir una platea de los mismos socios del Barça y entrar al Camp Nou. De modo que estos sucesos volverán a repetirse de no haber mayores controles.

Estar en una final de Champions conlleva grandes sacrificios logísticos, cuesta miles de euros, conseguir una entrada es una odisea. El público no merece tal destrato ni vivir una experiencia tan aterradora a manos de hordas criminales.

“Una gran mayoría de franceses temen la agravación de los estallidos de violencia suburbana, que pudieran llegar a perturbar los Juegos Olímpicos de 2024, como ocurrió el sábado, en Saint-Denis y el domingo, en Saint-Etienne, tras el 1-2 ante el Auxerre en un campo convertido en terreno de batalla entre ultras de ambos equipos”, escribió Juan Pedro Quiñonero, corresponsal en París del matutino ABC, de Madrid, en un artículo cuyo título dice mucho: “Una gloria que ya no encarnan”, refiriéndose a Francia.

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Seguidores del Real Madrid y del Liverpool en la final de la Champions, en el Estadio de Francia. Foto: YOAN VALAT

Quiñonero agrega que, según un sondeo de Le Figaro, un 79,32 % de sus lectores temen que los incidentes del sábado puedan anunciar escenas más o menos semejantes durante los Juegos Olímpicos. Alain Dumont, propietario de un pequeño bar, próximo a la salida de la estación de metro Saint-Denis-Catedral, comentó a ABC: “Las violencias del sábado sorprendieron a medio mundo, pero no a los que vivimos aquí”.

Las autoridades francesas trataron de tapar o minimizar los hechos, y de desviar culpas denunciando que “los hinchas ingleses llegaron con 40.000 entradas falsificadas”. Pero la gente compró esas entradas de buena fe, resultó estafada. Seguramente la maniobra estuvo a cargo de la mafia multinacional con epicentro en Italia que maneja la reventa y falsificación en los grandes torneos internacionales. Jonathan Fabbian, periodista argentino que cubrió el encuentro, aclaró: “Intentaron echarle la culpa a los ingleses, pero estos no hicieron nada. Algunos tomaron de más, es cierto, sin embargo, no se portaron mal. Acá hubo otra cosa. La organización hizo agua por todos lados”.

P. D.: Esto no fue en Sudamérica, ese lejano tercer mundo. (O)