Uruguay es tan chico que para tirar un córner te tenés que ir a otro país”, decía Marcos Lubelski, empresario futbolístico rosarino residente en Montevideo, quien sentía verdadero cariño por la patria de Artigas. Por alguna extraña razón, esa miniatura demográfica que, toda entera, cabe seis veces en San Pablo, cinco en Buenos Aires y tres en Bogotá, fue la máxima potencia futbolística mundial en las décadas del ’10, el ’20 y el ’30 del siglo pasado.

Es cierto, Uruguay es resultado. Nunca tuvo compromiso con el juego, la estética es un problema de los otros, pero al resultado se llega con algo y, si le faltó preciosismo, le sobró temperamento. La actitud, la entrega, el compromiso son innegociables allí. El mejor elogio a la Celeste es decir que nadie quiere jugar contra Uruguay. Ni Brasil (los uruguayos no le piden autógrafos a los brasileños, y menos desde el Maracanazo). Nunca se escuchó a nadie decir: “¡Bien…! Nos toca Uruguay”. Uruguay es el dentista en este juego de la pelota.

Para cuando otras selecciones no habían hecho aún su estreno en una Copa América, Uruguay ya tenía siete coronas: 1916-17-20-23-24-26 y 35. Conste que en esos años Argentina y Brasil ya eran selecciones fuertes. Incluso Paraguay, jugando con diez, lo goleó impiadosamente en 1929, cuando el cuadro charrúa estrenaba el rótulo de bicampeón olímpico, de modo que también la Albirroja era brava.

En 1923 la Copa América se celebró en Montevideo. El fútbol oriental estaba dividido desde 1922 por un cisma: Nacional se quedó en la Asociación, Peñarol, enrabietado, arrastró a una parva de clubes chicos a fundar la Federación. La afiliada a la Conmebol y a la FIFA era la Asociación, con esos jugadores se afrontaban las citas internacionales. Tan enconada era la división de los dos grandes que una tarde, el 25 de noviembre de 1923, dos “Selección de Uruguay” se presentaron a jugar a la misma hora y en la misma Montevideo. En el Parque Central y por la Copa América, la de la Asociación (oficial) venció a Brasil 2 a 1. En la cancha de Peñarol en Pocitos, el combinado de la Federación derrotó a Chile por el mismo marcador. Los dos jugaron con la casaca celeste que marca la historia. Los dos decían lo mismo: “Nosotros somos Uruguay”.

Para ganar su pulseada frente a Peñarol de cara al público, el presidente de Nacional y de la Asociación, Atilio Narancio, hizo una jugada maestra; les prometió a los jugadores: “Si ganan la Copa América los llevo a disputar las Olimpiadas en París”. Los futbolistas cumplieron, conquistaron el título. El dirigente también. No fue fácil. Narancio, apodado “El padre de la victoria”, ya metido en el baile, bailó: hipotecó su quinta en el barrio de Maroñas para financiar el viaje. No fue lo único: hasta último momento, el Comité Olímpico Uruguayo no daba la autorización para participar en los Juegos; temía un papelón. Es que intervendrían todas las potencias europeas, se desconocía el poderío de ellas, pero se pensaba que sería enorme. Y Uruguay tenía su fútbol partido. Peñarol, Central, Sud América, Defensor, Misiones, Miramar, River Plate y una treintena de clubcitos más no estarían representados y se pensaba que era un riesgo muy alto. Las gestiones llegaron hasta al Presidente de la Nación. Recién nueve días después de partir de Montevideo, estando el barco en alta mar, el COU dio la aprobación. La Celeste acudiría sin los futbolistas de la Federación. Era la mitad de Uruguay. Por ello, la gesta olímpica de 1924 tiene valor doble. Merece evocarse.

En el cuadro de competición debía empezar frente a Yugoslavia. Lo goleó 7 a 0… Sólo habían asistido al cotejo mil quinientas personas. Fue tal la conmoción -por el resultado y por el juego- que ya al segundo encuentro acudió un gentío. Y al otro, más, y al siguiente lo mismo. Cada presentación generó la admiración de los europeos. El negro José Leandro Andrade fue apodado “La Maravilla Negra” e invitado al Lido como una atracción. A Nasazzi lo denominaron “El Gran Capitán”, a Héctor Scarone “El Mago”, al goleador Pedro Petrone “La Fiera”. El fútbol sudamericano le debe a Uruguay haberlo situado en la cumbre de la consideración mundial.

Luego de la paliza a Yugoslavia, otras cuatro victorias compusieron la escalera hacia el laurel olímpico: a Estados Unidos 3-0, a Francia 5-1, Holanda 2-1 y Suiza 3-0. Tras ese último encuentro con los helvéticos, el público se puso de pie y ovacionó a los celestes como nunca se había visto. Pasó un minuto, dos, tres… la gente no paraba de aplaudir. Para corresponder a tanto homenaje, Nasazzi les dijo a sus compañeros: “Vamos a dar una vuelta a la cancha para saludar”. Así nació la vuelta olímpica.

El detalle que lleva la hazaña a niveles de epopeya es justamente que Uruguay había asistido al torneo disminuido, alcanzando el oro con la mitad de su fútbol. A Colombes fue una selección cuya base era Nacional, reforzado con elementos de equipos como Liverpool, Bella Vista, Lito Football Club, Belgrano, Universal, Rampla Juniors, Charley, Wanderers. Por eso se cuenta que aquel 9 de junio de 1924, miles de hinchas de Peñarol hacían fuerza por Suiza. Es que no había ningún futbolista mirasol entre los campeones. “En la final del ’24 yo quería que la selección perdiera. Sin Peñarol, ese equipo no era Uruguay”, nos dijo, en persona, el arquitecto Raúl Bove Ceriani, ex presidente del Comité Olímpico Uruguayo.

Los únicos torneos verdaderamente libres a todos los participantes fueron los de 1924 y 1928, cuando se competía con selecciones sin límite de edad y mientras el fútbol no era una actividad rentada. Los dos los ganó Uruguay. Luego vendría el predominio del bloque comunista, con profesionales encubiertos como militares (Yashin era teniente, Puskas comandante). Pero el oro olímpico del fútbol nunca brilló tanto como con la Celeste. También Puskas en 1952 y Messi en el 2008 engalanarían el historial. (O)