Italia había sido anfitrión en tiempos de Mussolini -1934- y repitió en 1990, cuando el Calcio reinaba como la meca del fútbol.

Las celebridades futbolísticas no recalaban en España ni en Inglaterra (aún no se creaba la Premier League), los cracks aterrizaban en el Milan, el Inter, el Napoli, la Juventus, la Roma, el Lazio, el Parma… Ahí estaba el poder económico.

En medio de ese esplendor, el país de Da Vinci y Miguel Ángel montó la Copa con más pompa y generosidad de la historia. No se fijó en gastos.

Quería mostrar al mundo su historia, su arte, su industria, la moda, la gastronomía, el diseño, la música… ¡Vaya si mostraron su creatividad musical…! Cientos de millones recordarán Un’estate italiana, la canción de Giorgio Moroder y Tom Whitlock con la celestial interpretación de Edoardo Bennato y Gianna Nannini.

El tema más bonito de todos los Mundiales: “Noches mágicas / persiguiendo un gol / bajo el cielo / de un verano italiano…”

Todo el Made in Italy desplegado sobre la alfombra verde del fútbol. Tiraron el país por la ventana. Y la ventana también.

Hasta Catar 2022 fue el último Mundial en que un estado autorizó chequera libre con un objeto claro: cautivar al mundo.

En ese ambiente regio, rodeado de actividades culturales, artísticas y turísticas, se disputó un campeonato feísimo, con pocos goles, muchas faltas y una tónica de mezquindad general.

Tanto que fue el certamen con menos promedio de gol de la historia: 2,21 por juego. Aún regían los dos puntos a la victoria, con lo cual imperaba la búsqueda del empate.

A contravía de la canción, nadie perseguía un gol. Puro catenaccio en la patria del catenaccio.

La Argentina de Bilardo fue, quizás, la más negra de las ovejas negras: llegó a subcampeón con un fútbol rústico y habiendo marcado apenas 5 goles en siete partidos, ni siquiera uno por cotejo, insólito récord negativo.

Además, recibió 9 tarjetas amarillas y 2 rojas, otra marca poco honrosa.

Electrocables Barraza

Alemania, que aún era Alemania Federal pues la reunificación llegaría tres meses después, fue un campeón justo, aunque sin brillo.

Colombia lo desnudó: cuando tuvo enfrente un equipo capaz con el balón, que le frenara el ritmo y tocara la bola por abajo, se le complicó. Pero iba al ataque.

Colombia resultó el único rival al que no pudo vencer, empataron 1 a 1 en uno de los pocos encuentros atractivos; el otro fue Inglaterra 3 - Camerún 2, en cuartos de final.

Y Colombia, una de las excepciones que intentó jugar fútbol. Un ejemplo de cómo salieron las cosas es que Marco Van Basten, extraordinario goleador holandés que llegó como la máxima estrella de la Copa, se fue sin anotar, y el Botín y el Balón de Oro del torneo recayeron en Salvatore Schillaci, un correcto delantero siciliano.

El espectáculo estaba de la raya de cal hacia afuera. Adentro, planteos ultradefensivos, tacaños, demoras, simulaciones, brusquedades, falta de audacia.

Una estadística lo dice todo: hubo 8 remates al arco por partido, bajísimo promedio. ¡Y 1.586 pases al arquero…!!!

El torneo tuvo un bautismo premonitorio en el Giuseppe Meazza de Milán.

Tras una maravillosa fiesta inaugural, se dio un duelo tosco y muy violento en el que Camerún venció a Argentina 1 a 0 tras molerlo a patadas, muchas casi salvajes, sobre todo para detener la velocidad y habilidad de Caniggia.

A su vez, Maradona recibió 12 faltas fuertes. Entre ellas un planchazo al pecho que le dejó los tapones marcados por parte de Ndip Akem, quien sólo recibió una amarilla.

Además, sufrió una entrada descalificadora de su marcador Benjamin Massing al tobillo. Massing fue uno de los dos expulsados cameruneses esa tarde.

Electrocables Barraza

Italia buscaba coronarse para corresponder a su fastuosa organización, pero no se le dio. Chocó en semifinales contra una Argentina que esta noche napolitana jugó su mejor partido. Igualaron a uno y por penales pasó a la final la Albiceleste.

Pero fue una victoria pírrica: por doble amonestación perdió tres jugadores clave para la final: Giusti, Olarticoechea y Caniggia, tres cracks, uno por línea.

Fatal. Ese choque fue volcánico y había concitado un interés inusual: Maradona, ídolo supremo del Napoli, pidió en la previa que los tifosi celestes hincharan por Argentina antes que por Italia.

Inglaterra terminó cuarta, cumpliendo una de las actuaciones más sólidas de todas sus intervenciones mundialistas aparte de la de 1966, cuando se quedó con el título.

Y Camerún, con todas sus brusquedades, su fabuloso poderío físico y un delantero notable (Omam-Biyik) se convirtió en el primer equipo africano en llegar a cuartos de final.

Argentina y Alemania, que habían animado el choque definitorio en México ’86, volvieron a dirimir la Copa del Mundo.

Con muchos de los protagonistas de cuatro años atrás y con los mismos entrenadores: Carlos Bilardo y Franz Beckenbauer. La anterior resultó claramente más atractiva.

“Hijos de puta… Hijos de puta…”, bramaba Maradona con un banderín de la AFA en la mano, para intercambiar con Lothar Matthäus en el centro del campo.

Estaba sonando el himno argentino en el estadio Olímpico de Roma y una gruesa porción de los 73.603 espectadores, la parte italiana especialmente, silbaba las estrofas de la música nacional argentina.

Maradona estaba entonándolo, pero al escuchar los pitidos y abucheos paró y empezó a insultar a esos aficionados. El público local no le perdonó la eliminación de Italia.

Lo vieron unos dos mil millones por televisión. No era el mejor comienzo para una final mundialista. Que terminaría en polémica.

Electrocables Barraza

Beckenbauer presentó un equipo muy mejorado en relación a México ’86. Dos puntas muy penetrantes -Völler y Klinsmann-, dos volantes vivaces, veloces y con juego -Littbarski y Haessler- y una defensa muy segura. Alineó a Illgner; Berthold, Kohler, Augenthaler, Buchwald y Brehme; Haessler, Matthäus y Littbarski; Völler y Klinsmann.

El dominio alemán fue ostensible, pero su respeto por Argentina, la disciplinada defensa albiceleste y su propia ineficacia le impidieron abrir el marcador. Y creó escaso peligro en el arco argentino, ningún mano a mano.

Lastimosamente, llegó al gol por un penal inexistente otorgado por el árbitro uruguayo Edgardo Codesal, que representaba a la Federación Mexicana.

Fue una corrida por derecha de Völler apareado por Sensini. Este nunca lo tocó al delantero alemán, pero Codesal estaba de gatillo fácil. Andreas Brehme ejecutó con tiro bajo a la punta izquierda y convirtió.

Un título mundial no puede decidirse por un fallo de tal ligereza. Y menos faltando cinco minutos para bajarse el telón. Seis minutos antes sí hubo un penal claro de Matthäus a Calderón y el juez lo ignoró.

No había VAR. Era el tiempo en que Blatter y Havelange sostenían que era mejor que se discutiera en los bares y oficinas, que esa era la sal del fútbol, y no recurrir a la tecnología.

En 2016, en una entrevista con el diario El País, de España, el propio Brehme confesó: “No fue penal, la marca fue correcta”.

Y en entrevista con La Nación, de Buenos Aires, Lothar Matthäus también lo reconoció: “Yo estaba muy bien ubicado. Veo que hay un contacto, pero para mí no fue suficiente para cobrar penal. En un partido así, si va a cobrar un penal, el árbitro tiene que estar 100% seguro de que la infracción fue clara. Y para mí no fue tan clara”.

Muy hidalgos ambos. Argentina tampoco hizo demasiado escándalo, venía de la famosa “Mano de Dios” de Maradona cuatro años antes. (O)