Me llevaron a la cancha por primera vez en 1963; era chico, juntaba tapitas de Coca Cola, miraba la multitud y un poco cómo corrían los de rojo. En el ‘66 empecé a ir seguido y entender bien el juego. Nunca, desde entonces, vi a la Argentina jugar como el domingo ante Uruguay. El 3-0 es anecdótico, pudo ser 5 a 1 ó 6 a 2. Con el plus de que fue por Eliminatoria (nivel de exigencia máxima) y ante los Celestes, rivales siempre fuertes y enconados. Fue un partido sublime de la Albiceleste por personalidad, preciosismo, velocidad, intensidad, colectivismo y contundencia, aunque esos tres goles sonaron a poco. La calidad del juego, la copiosa sucesión de pases milimétricos y en velocidad, el armonioso movimiento general, las figuras individuales como Messi (una vez más…), De Paul, el zaguero Romero, el arquero Martínez, lo tornan ya el mejor espectáculo de esta Eliminatoria. Y de muchas. Generalmente no se juega bien o lindo en esta competición, hay más ardor y tensión que belleza, el domingo se dio todo junto.

Durante muchos, muchos años hemos apaleado a la Selección Argentina, a sus jugadores y entrenadores, los desaguisados de sus dirigentes, hoy toca reivindicar. Ha sido un partido excepcional de la camiseta celeste y blanca como pocas veces se ve. Fue una aplanadora con encanto. Más temprano habían jugado Francia y España la final de la Liga de Naciones de Europa, esta vez lo de allá no fue mejor que esto.

* El muro, derribado. Realza la victoria, pero sobre todo la producción, el hecho de que Uruguay presentó dos líneas defensivas muy definidas, casi pegadas; cinco defensores delante de su buen arquero Muslera, bien cerquita, y cuatro volantes tres o cuatro metros más hacia la media cancha. Y Suárez sólo arriba. Pese a tal muro -muro de uruguayos, debe resaltarse- el equipo de Scaloni lo perforó una y otra vez con creatividad, con pases al ras y con las internadas permanentes de Messi, motivado y lúcido como nunca, o como siempre. Llegó un momento en que los futbolistas charrúas habían perdido la brújula del juego, lucían desorientados. “Argentina pasó por arriba de Uruguay”, sentenció el diario El País, de Montevideo. “Nos bailaron”, fue la expresión más utilizada en la orilla oriental.

* Llevó tiempo. Fue un disfrute para la vista. Que nadie podía esperar, porque venía de una actuación apenas discreta ante Paraguay. Pero semejante recital no nació por generación espontánea, es un proceso de exactos cuatro años. Lionel Scaloni tomó aquel paupérrimo combinado que clasificó a Rusia 2018 a los empujones, hizo una renovación, convocó muchos jóvenes nuevos, serenó las aguas y empezó lentamente a perfilar un equipo, en nombres y estilo. Así volvió a enamorar al público y a ganar gustando. Scaloni, que parecía un interino de tres meses, se adueñó del cargo con altos méritos.

* La paciencia de Scaloni. Fue Argentina empezó a levantar su rendimiento exactamente en la cuarta fecha de la Copa América 2019 ante Venezuela. Como que hizo un click y empezó otra era. Cada presentación mejoraba un pelito el funcionamiento, había un ajuste nuevo, crecía una individualidad, se fortalecía la defensa, se lo veía más feliz y mejor rodeado a Messi dentro del grupo, se percibía unidad, alegría entre los jugadores. Todo ese combo derivó finalmente en este notable festival de fútbol, que difícilmente se repita, porque no es usual jugar así. En el medio, Argentina ganó la Copa América con más laboriosidad que brillantez, aunque hubo una presentación con estética y eficacia, la noche del 3 a 0 a Ecuador. Ahora bien, siempre se piensa que la Copa América es un poco más relajada que la Eliminatoria, pero este 3-0 a Uruguay fue por la clasificatoria.

* El dato. Un pequeño dato ilustra el momento del equipo de Lionel Scaloni: en la era Tite, nacida el 1° de septiembre de 2016 justamente con un triunfo ante Ecuador en Quito (también 3 a 0), Brasil disputó 65 encuentros y apenas perdió 5, tres de esas derrotas fueron ante Argentina, significa algo…

* Un símil del Barcelona. “¿Para qué sirve el fútbol jugado así…? Para ser feliz al menos un rato”, tituló en su columna Daniel Lagares, excelente cronista de Clarín. El diario puntualiza que ese desenvolvimiento se pareció mucho al del mejor Barcelona de Guardiola, en la época dorada del cuadro catalán, el de las grandes horas, de dominio abrumador, circulación lujosa, llegadas en masa al área adversaria, control total del juego, saber concretar en la red. Claro, fue un partido nomás, una noche de inspiración, el otro duró seis años.

* El reverso. La otra cara de la moneda fue Uruguay, muy lejos del conjunto batallador, eficiente y peligroso de los últimos doce años. Las críticas en Montevideo fueron duras. “¿Para qué estacionar el bus frente al arco propio si nos ametrallaron de todos lados…?”, se preguntaban en las redes. El principal apuntado es Óscar Tabárez, cuyo esquema ya ven superado. “Luis Suárez y Édinson Cavani, los cazadores del arco perdido”, tituló El País en una nota, para explicar que los goleadores que antes asolaban a todas las defensas ahora muestran una cosecha magra. Suárez lleva 4 goles, todos de penal, y Cavani uno. La Celeste no ha podido hacer goles en cinco de sus once partidos.

* “Ya ni pegamos”. Uno de los puntos más condenados por los hinchas orientales es que, pese a ser arrollado por Argentina, ningún jugador uruguayo fue amonestado ni expulsado. “Demasiado juego limpio. ¿Nos bailaron y salimos sin siquiera una amarilla…? ¡Esto no es Uruguay…!”, fue la queja más recurrente. Incluso El País hizo una encuesta con este tema preguntando a sus lectores: “¿Se está perdiendo esencia…?”. Se sabe que la reciedumbre es una marca registrada del fútbol charrúa. (Y Ecuador lo experimentó en septiembre…)

* ¡Ay, Ecuador...! Era la fecha perfecta para sumar de a tres, porque todos los rivales directos flaquearon y porque jugaba contra el último, pero la Tricolor otra vez no fue regular y dejó escurrir la victoria ante Venezuela. Del deslumbramiento ante Bolivia pasó a la inoperancia frente a la Vinotinto. Está todo para clasificar, falta exactamente eso: regularidad. (O)