A estas alturas de la existencia, las noticias luctuosas se vuelven un eco cada vez más cercano y frecuente, ensombreciendo el ánimo con la certeza de la finitud. Con el corazón sitiado por el pesar, vestimos los ropajes del luto para acompañar en su último viaje a quienes compartieron con nosotros los tramos más anchos y luminosos de la vida.

Esta vez, el clarín del destino anunció la partida de Otón Chávez Pazmiño. Con él caminé, por más de sesenta años, los senderos compartidos del deporte y el espíritu. Profesábamos los mismos principios; rendíamos culto a los mismos valores. Esa simetría ética fue el cimiento de nuestra amistad. El resto lo cinceló el tiempo: las tertulias interminables, el viejo orgullo de nuestro pasado vicentino, la pasión sagrada por el fútbol y los desvelos compartidos en el descubrimiento del periodismo, la historia y la literatura. Un día, al mirar el camino recorrido, descubrimos que tantas coincidencias rebasaban los límites de la amistad pura. Decidimos, entonces, llamarnos hermanos.

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El periodismo y la crónica histórica le latían a Otón en el torrente sanguíneo. Era el heredero de un linaje ilustre: nieto de Modesto Chávez Franco, cronista vitalicio de Guayaquil, e hijo de Rodrigo Chávez González, aquel historiador y poeta que fundó y dirigió la primera página deportiva de EL UNIVERSO. Otón honró esa estirpe. Comenzó sembrando su prosa en columnas de opinión imborrables, como su célebre Casilla deportiva, para luego asumir la edición de Deportes, atendiendo el llamado de Carlos Pérez Perasso, en aquellos días timonel del Diario.

Guardo en la memoria una tarde de 1990. Nos encontramos en la esquina de Víctor Manuel Rendón y Escobedo. Conversábamos, como siempre, sobre las ricas mitologías de nuestra historia deportiva. «¿Por qué no abres una columna y cuentas todo eso que me estás hablando?», me propuso con la mirada encendida. Acepté el desafío. Así nació Anécdotas del domingo, un refugio periodístico que habitó las páginas por ocho años. Otón, generoso en el afecto y en la crítica, prologó mi libro Recuerdos de Unión Deportiva Valdez, y dejó sus letras impresas en la colección de anécdotas que la fortuna aún no me ha permitido publicar. Mis libros Historia del fútbol guayaquileño y George Capwell, el gringo guayaquileño también llevan el sello de su prólogo y su bendición fraterna.

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Otón fue un deportista de naturaleza pura. El talento lo habitaba desde los días de la infancia, cuando jugaba al fútbol en las calles polvorientas cercanas a la piscina Olímpica. Siendo apenas un chiquillo, su gambeta se mezclaba ya con la de hombres consagrados: Alfredo Bonnard, cuando oficiaba de delantero en el club México; Homero Cruz, y los hermanos Carlos y Víctor Garzón, que ya vestían los colores del Panamá SC. Para 1954, Otón era el piloto de ataque de aquella legendaria selección del Colegio Vicente Rocafuerte, compartiendo cancha con jóvenes que luego escribirían páginas doradas en la primera división, como Santiago Elejalde, Alfredo Morán y Jorge Lazo. Un gol suyo, con el peso de la historia colegial, le dio al Vicente el título de campeón intercolegial.

Su nombre guarda un récord insólito y poético: ha sido el único periodista deportivo que pisó el césped como actor y protagonista de un Clásico del Astillero. Llegó a las divisiones juveniles de Emelec en 1951, formando parte de una constelación de muchachos notables: Cristóbal Jalón, Jaime Ubilla, Carol Farah, Otto Legarda, Heriberto Alvia, Adulfo Patita Estrella y Pacífico Centeno. La tarde del 24 de julio de 1954, el estratega chileno Renato Panay lo ungió con la titularidad en el partido de las pasiones del puerto. Los eléctricos saltaron a la cancha con Humberto Vásquez en el arco; Jaime Ubilla, Eladio Leiss y Alfredo Morán en la zaga; Galo Solís y Bolívar Herrera en el medio sector; y un ataque de leyenda conformado por Carlos Romero, Júpiter Miranda, Humberto Suárez, Otón Chávez y Eduardo Bomba Atómica Guzmán. Aquella batalla terminó sellada con un emocionante empate a dos goles.

Defendió después las divisas de Español y Favorita, antes de volver a su amado Emelec. Se retiró de las canchas en 1958, con apenas 24 años, cuando sus botines aún tenían mucho fútbol que regalarle a las redes porteñas. Pero el fútbol no lo abandonó; cambió de trinchera. Se transformó en dirigente, integrando la comisión de fútbol azul en la recordada época de Fernando Paternoster. Más tarde, alcanzó la presidencia de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, institución que se revistió de prestigio y señorío bajo su conducción impecable y honorable.

Supo amalgamar la rigurosidad del dirigente con la eficacia del administrador en importantes empresas, sin dejar jamás de alimentar su vocación en el periodismo deportivo, donde esculpió una huella profunda y un legado imperecedero.

Hoy, en la hora del silencio y del adiós definitivo, con el alma transida de nostalgia, tus colegas y amigos te despedimos, Otón. Dejas un recuerdo que habitará de forma eterna en la memoria de los dirigentes probos y en las plumas de los periodistas de línea crítica e independiente. Esa escuela de dignidad que trazaste durante décadas, sin doblar jamás la espina dorsal ante las tentaciones ni ceder a las presiones de los que detentan el poder.

Sobre tu tumba recién abierta, donde la tierra aún está fresca, jamás crecerá la más leve brizna del olvido, querido amigo... querido hermano, Otón Chávez Pazmiño. (O)