Murió como Gardel, en Medellín. Y joven, como Carlitos. También como él volvió a la patria en un féretro. El 17 de enero de 1982 un infarto fulminante le dijo basta con apenas 54 años. ¡Tenía tanto fútbol adentro, todavía…! Primero hubo capilla ardiente en la capital de Antioquia envuelto en banderas verdes y blancas, tres días después lo velaron de nuevo en 1 y 57, la cancha de Estudiantes. Todos sus exjugadores estaban presentes, todos llorando a moco tendido, miles de hinchas gritando “¡ZU-BEL-DÍA, ZU-BEL-DÍA…!” y los chicos de inferiores arrojando claveles blancos y rojos sobre el cajón. Los vítores y brazos en alto se fueron achicando, el coche fúnebre enfiló hacia Junín, el pago chico donde floreció su amor por la pelota. Sabio, el cortejo tocó las tres ciudades que amó: Medellín, La Plata y Junín.

Tenía una mezcla rara de viveza que da la gran ciudad, a la que llegó de muchacho para incorporarse a Vélez, y la sencillez del hombre de campo. Era un sujeto simple y modesto, desde la ropa hasta el vocabulario, pero con una inteligencia notable y una aguda perspicacia barrial. De adolescente me pasaba con Zubeldía lo mismo que con Verón: odiaba a Estudiantes por su juego defensivo y antiestético, pero adoraba a La Bruja, ese zurdo que se gambeteaba a todos, y a Zubeldía, un astuto sin igual. Dos genios.

José María Muñoz era en la radiofonía argentina el relator número uno. Y el dos y el tres. Admiraba profundamente a Osvaldo Zubeldía y tras cada partido de Estudiantes lo ponía al aire. Era un deleite escucharlo con su voz medio aflautada y campechana. Estudiantes pasó de ser un cuadrito fácil a un rival terrible, insoportable y ganador. Su combo de ventajeo, pierna fuerte, picardías y marcaje a presión fue caratulado de Antifútbol. Y alineó a todas las demás hinchadas en contra.

-¿Sabe qué pasa, Muñoz…? Que Estudiantes no vende, pero gana, y eso molesta.

Publicidad

Si en una reunión estuvieran presentes Renato Cesarini, Labruna, Lorenzo, Menotti, Bilardo, Pastoriza, Basile, Bielsa, Bianchi, Pekerman, Simeone, Gallardo y entrara Osvaldo Zubeldía, se pondrían todos de pie, seguro. Había nacido entrenador. Se las sabía todas, le sobraba calle y poseía un carisma arrollador. Los futbolistas deben admirar al técnico, pensar que sabe más que ellos, así todo marcha armónicamente. Y Zubeldía exudaba sabiduría.

-¿Qué nos dijo Osvaldo al ser campeones de América? “Mañana entrenamos”, ja, ja… Osvaldo era siempre igual: perdía, ganaba, y siempre igual. Nosotros enloquecidos, y él tranquilo-, cuenta Juan Ramón Verón.

Miguel Ángel López, el famoso Zurdo, zaguero de los grandes, cuatro veces campeón de la Libertadores con Independiente y más tarde figura de Nacional de Medellín, fue quien lo llevó a Colombia.

-¿Qué opino de Zubeldía…? Simple: fue el mejor técnico de la historia. Y de la historia mundial, ojo…- Dice, desde Barranquilla, -Estoy seguro de que ni Guardiola hoy entrena como hacía entrenar Zubeldía hace cincuenta años. Y un hombre de una humildad absoluta. Es el único que agarró una Tercera División, la subió a Primera y salió tres veces campeón de América.

Publicidad

El 16 de octubre de 1968 Estudiantes hizo cumbre en el Everest futbolístico: campeón del mundo en Inglaterra, frente al célebre Manchester United de Bobby Charlton, Nobby Stiles, George Best, Denis Law… Inglaterra venía de consagrarse en el Mundial ‘66 y el United era amplísimo favorito para coronarse ante un pequeño e ignoto equipo que sorpresivamente había ganado la Copa Libertadores. Tan favorito que, cuando finalizó el cotejo de ida, en cancha de Boca con el triunfo estudiantil por 1 a 0, los jugadores ingleses se abrazaban satisfechos. Era una derrota mínima y estaban seguros de cocinar a Estudiantes en la caldera de Old Trafford. Pero en una noche de lluvia y barro, Juan Ramón Verón (¡cuando no…!) adelantó al cuadro albirrojo con un cabezazo cruzado apenas a los 7 minutos. Y el United, pese a machacar sin pausas, sólo pudo igualar en uno al minuto 90.

En el museo del Manchester está el pizarrón donde Osvaldo escribió para sus jugadores una frase que se inmortalizó: “A la gloria no se llega por un camino de rosas”. Defendía a sus pupilos como un león a sus cachorros, pero extraía de estos hasta la última gota de sangre en el campo.

Fue el punto cúlmine de un club, de un excelente grupo de jugadores y, sobre todo, de ese personaje excepcional llamado Osvaldo Juan Zubeldía, la piedra basal de aquella gloria. Adelantó los tiempos de la dirección técnica, innovó, creó una escuela. Estudiantes era un club sin historia que peleaba el descenso año tras año. Contrató a Osvaldo en enero de 1965 con la premisa de evitar la pérdida de categoría. Y se unieron los planetas: el genio de Zubeldía y la promoción de unos jóvenes que integraban “La Tercera que Mata”: Poletti, Manera, Aguirre Suárez, Malbernat, Pachamé, Tato Medina, Eduardo Flores, Echecopar, Verón.

Zubeldía fue quitando la maleza. El primer año Estudiantes salió 5º, el segundo bajó al 7º puesto, pero ya tenía el equipo, y en 1967 dio un golpe formidable: campeón. El primer cuadro chico que lograba tal laurel en la historia del fútbol argentino. Un equipo que no jugaba lindo ni ganaría nunca el premio Fair Play, pero era ultratáctico, físico, trabajaba los partidos, corrían todos como demonios, aprovechaban cada circunstancia del juego, marcaban, obstruían, metían suela, ensuciaban el juego, provocaban, hacían tiempo y sacaban ventaja de todo. En suma: inaguantables.

Publicidad

Las críticas al juego estudiantil fueron feroces. Y duran hasta hoy, medio siglo después. Con esa receta llegó lo más reconocido: tricampeón de América 68-69-70 y campeón del mundo. Pero también con trabajo: en tiempos en que entrenaba poco y se dejaba casi todo librado al talento individual, Estudiantes impuso los entrenamientos en doble turno, concentraciones largas, jugadas preparadas, estudio del rival, planificación hasta el último detalle. E implementaba novedades como la jugada del offside, el córner con pierna cambiada al primer palo (uno la peinaba y otro de atrás la metía); el tiro libre donde pasaban dos o tres sobre la pelota para despistar y desarmar a la barrera y que un cuarto rematara. Infinidad de detalles más

Fue un adelantado. Más allá del estilo, les enseñó a ser ganadores a dos clubes que no lo eran. Se cumplieron cuarenta años de su adiós. Los hinchas de Estudiantes y de Nacional nunca lo olvidan. Los contrarios tampoco. (O)