Independiente del Valle ganó la Copa Sudamericana merecidamente y por eso se llenó de reconocimientos de propios y extraños. Hasta la prensa argentina reconoció que la victoria fue apabullante, no solo por el esquema, que causó sorpresa al equipo rival, sino porque jugó con público en contra en el estadio La Nueva Olla, pintado de rojo y negro, por la masiva concurrencia de aficionados sabaleros (así se denomina al equipo santafecino y dicho sea de paso significa pescador de sábalos, un pez que tiene su hábitat en el Paraná, norte de Argentina).

Toda esa afición empapada por una lluvia intensa tuvo que buscar la retirada en silencio para iniciar un regreso que debió parecerle interminable, pero consciente de que Colón “no estuvo a la altura de sus hinchas ni de sus sueños” como lo calificó el diario deportivo argentino Olé en su edición digital.

Y recalco lo de la hinchada sabalera, se fue para Asunción por una simple razón: su equipo representaba a toda una ciudad, a sus barrios, no solo identifica a la localidad querida. Los jugadores eran sus héroes, muchos de ellos personajes de la ciudad, a los que los poetas y músicos se encargaron de escribir canciones cantadas a todo pulmón para los sabaleros ese sábado de la final de la Sudamericana. Toda esa experiencia dolorosa la explicaba el escritor Luis Mario Lozzia: “El hincha llora con su camiseta de fútbol, expide salvoconductos hacia la historia por episodios recogidos, por historietas de la cancha. Todo un elemento litúrgico del juego; imborrable, inolvidable y muchas veces doloroso”.

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Mientras tanto, Independiente viajó para Asunción en silencio, sin toda la parafernalia que exhibía el rival. Llevaba como símbolo sus raíces como la de ser de Sangolquí, donde se asentó e hizo territorio propio el actual campeón de la Sudamericana. También con el título se hace sede en la capital mundial del hornado, el equipo de Michel Deller es parte de la historia, no solo por todo lo brillante que fue el sábado anterior en Asunción, sino por la organización de una institución de fútbol que en pocos años está obteniendo logros difíciles de conseguir en países como el nuestro.

Pero en esa historia del equipo campeón se esconde una digna de contarse por lo que significa, por la trascendencia que toma al leerse. Me refiero a la historia de vida de uno de los héroes de esa jornada inolvidable del sábado 9 de noviembre de 2019: la del arquero del equipo ecuatoriano Jorge Pinos, que se convirtió en héroe de la final por una sólida actuación que tuvo un premio final: atajarle un penal a Luis Miguel Rodríguez, el referente del Colón de Santa Fe.

Fue tan importante esa intervención al minuto 54 que sirvió para aplacar todo el ímpetu desbordante que en esos momentos del partido mostraba el equipo argentino. La actuación de Pinos en toda la final fue reconocida por la Conmebol al nombrarlo y entregarle el premio Bridgestone Best of the Match. Pinos, en estos días, ha tenido mucho que contar –y lo hace orgulloso de su pasado humilde, nacido en San Camilo, Los Ríos, hace 30 años–, que tuvo que trabajar en el bar de la escuela Camilo Moroni, de Quevedo, para poder pagar las pensiones de su hijo.

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Recuerda que en el fondo siempre quiso ser arquero, aunque en sus inicios también alternó de volante y delantero. Luego tuvo que irse a vivir a Sucumbíos, donde se convirtió en el arquero de la selección local de la mano de Pedro Pablo Papi Perlaza. Ganó a nivel juvenil varios títulos y uno internacional en Costa Rica, hasta que se fue a probar en Barcelona, y en el 2010 recuerda que el Pavo Noriega, que era el técnico, lo concentró y lo llevaron de segundo arquero y llegó a ser suplente. Consideró incierto su futuro y decidió buscar alternativas, porque Pinos vio que en el BSC no tendría ninguna opción.

Jorge Pinos entiende que la vida le dio una revancha y ahora le toca disfrutar. Vender mangos y ser chofer no fueron casualidades. Esos son procesos que solo puede explicarlos el destino.

En el 2016 para Pinos fue todo un acontecimiento frustrante. Se le acercaron personajes obscuros que le ofrecieron llevarlo al fútbol europeo, pero cuando se dio cuenta de la realidad se quedó solo y abandonado en Paraná, Brasil, donde para sobrevivir tuvo que hacer de chofer. En unas declaraciones contó esa experiencia: “Lo de conducir era la única opción que tuve allá. Eso fue durante un mes, a veces lloraba de impotencia porque no jugaba. Mi familia me mandaba a decir que confíe en Dios”.

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Regresó al país y Leonardo Loor, conocido como Pelusa, que había sido jugador de Técnico Universitario, lo animó para que jugara en el equipo de Santa Rita y le brindó la alternativa para que se ganara unas moneditas más trabajando en el circo llamado Las Pelusas. Aunque cumplió funciones de chofer, alternaba vendiendo mangos en los intermedios de las funciones.

Pinos estaba dispuesto a todo porque estaba obligado a sobrevivir. Cuenta en esta historia que una vez participó en la función del circo como imitador en una banda de música y que fueron tales sus nervios durante el show que hoy puede decir que fueron mayores a los del día de la final de la Sudamericana. A Jorge Pinos nadie le contó que a la gloria la precede la humildad y siguió luchando por la ruta donde el circo arribara para presentar sus funciones itinerantes, como Buena Fe, La Maná, Valencia, Balzar, El Empalme, La Concordia, Ventanas, Babahoyo y en todos los lugares donde el circo armaba y desarmaba sus carpas. Ahí estuvo Jorge Pinos, el actual campeón de la Copa Sudamericana, gritando: “¡Compre el mango, jugoso el mango!”.

El que debió vender mangos pelados por su esposa relata que en su primera incursión con el charol en hombros no vendió nada, pero regresando una señora le compró una funda.

Sus ruegos al Divino Niño tuvieron respuesta al abrirse el libro de pases y volvió a jugar al fútbol, y es así que su recorrido se da por varios equipos, de la segunda categoría y de la serie B, hasta llegar al Técnico Universitario; antes, clubes como el Santa Rita, Deportivo Quevedo, Liga de Portoviejo, Orense formaron parte de ese peregrinaje que le tocó hacer. Hasta que el Independiente del Valle se fijó en él y lo fichó para convertirse en su guardameta titular. Pinos nunca bajó los brazos ante las adversidades porque sabía que “la ilusión no es ni más ni menos que una agradable aberración de la esperanza”, como lo escribió el periodista y filósofo español Severo Catalina del Amo.

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Lo sucedido a Pinos no es un hallazgo afortunado o el resultado del puro azar. Pienso que la buena suerte existe a partir de la construcción de convicciones; Pinos fue parte de un proceso que ni él mismo se dio cuenta y hoy puede estar seguro de que vender mangos no fue una casualidad, tampoco la de ser chofer. Esos son los procesos que solo puede explicarlos el destino. Pinos entiende que la vida le dio una revancha y que ahora le toca disfrutarla. Ojalá que la historia de vida del arquero sea un ejemplo para los que se atreven a recorrer la dirección que los sueños señalan. (O)