El escándalo sexual que envuelve a dos de nuestros máximos oficiales militares y de inteligencia no podría estar llegando en peor momento: Oriente Medio nunca ha sido tan inestable como ahora ni ha estado tan cerca de explosiones múltiples e interconectadas.
Prácticamente cada presidente estadounidense desde Dwight Eisenhower ha tenido un país de Oriente Medio que le causó pena. Para Ike, fue la guerra civil de Líbano y la invasión israelí del Sinaí. Para Lyndon Johnson, fue la Guerra de Seis Días de 1967, para Nixon, fue la guerra de 1973. Para Carter, fue la Revolución de Irán. Para Ronald Reagan, fue Líbano. Para George H. W. Bush, fue Irak. Para Bill Clinton, fue al Qaeda y Afganistán. Para George W. Bush, fue Irak y Afganistán. Para el primer mandato de Barack Obama, fue Irán y Afganistán, de nuevo.
Y para el segundo mandato de Obama, temo que podría ser la pesadilla completa: todos a la vez. Todo Oriente Medio estalla en un gigantesco espectáculo de luz y sonido de guerras civiles, estados viniéndose abajo y dislocaciones de refugiados, al tiempo que la piedra angular de la región entera –Siria– es partida y el desorden se derrama al otro lado del barrio. Y a usted le preocupaba el “acantilado fiscal”.
Desde el comienzo de la insurrección/guerra civil de Siria, he advertido que mientras Libia, Egipto, Yemen, Bahréin y Túnez implotan, Siria explotaría si no se encontrara rápidamente una resolución política. Eso es exactamente lo que está pasando.
La razón de que Siria explote se debe a que sus fronteras son particularmente artificiales, y todas sus comunidades internas –sunitas, chiitas, alauitas, kurdos, drusos y cristianos– están vinculadas con hermanos en países cercanos y están intentando atraerlos al interior para que les ayuden. Aunado a esto, Arabia Saudita, dirigida por sunitas, está peleando una guerra por representación en contra de Irán, gobernado por chiitas, en Siria y Bahréin, que es la base de la Quinta Flota de la Armada de Estados Unidos. Bahréin presenció una serie de bombardeos la semana pasada mientras el régimen encabezado por bahreiníes sunitas despojaba de su ciudadanía a 31 activistas políticos de fe chiita. En tanto, alguien en Siria ha decidido empezar a lanzar proyectiles de mortero hacia Israel. Además, por la noche del martes, estallaron violentas protestas antigubernamentales a lo largo de Jordania debido al aumento del precio de la gasolina. ¿Qué hacer? Yo sigo creyendo que la mejor forma de entender las verdaderas opciones –y son oscuras– es mediante el estudio de Irak, que, al igual que Siria, está integrado mayormente por sunitas, chiitas, cristianos y kurdos. ¿Por qué Irak no explotó hacia afuera como Siria tras la remoción de Sadam Husein? La respuesta: Estados Unidos.
Para bien o para mal, Estados Unidos en Irak desempeñó el equivalente geopolítico de caer sobre una granada, que nosotros mismos activamos. Esto es, sacamos la clavija; sacamos a Sadam; desatamos una enorme explosión en la forma de una lucha chiita-sunita por el poder. Miles de iraquíes fueron muertos a la par de más de 4.700 tropas estadounidenses, pero la presencia de esas tropas estadounidenses dentro y a lo largo de las fronteras de Irak impidió que la violencia se extendiera. Nuestra invasión tanto desató la guerra civil en Irak como la contuvo al mismo tiempo. Después de que se extinguió la guerra civil sunita-chiita por sí sola, nosotros mediamos un frágil e imperfecto trato para compartir el poder entre chiitas, sunitas y kurdos iraquíes. Después, salimos. No está para nada claro que su trato vaya a sobrevivir a nuestra partida.
De cualquier forma, la lección es que si estás intentando derrocar a uno de estos regímenes multisectarios bajo un puño de hierro, realmente es de ayuda tener una potencia exterior que pueda contener las explosiones y mediar un nuevo orden. Hay muy poca confianza en estas sociedades para que ellos lo hagan por sí solos. Sin embargo, la guerra civil de Siria fue disparada por rebeldes predominantemente sunitas que intentaban expulsar al presidente Bashar Asad y su régimen minoritario de alauitas-chiitas. No hay potencia externa dispuesta a caer sobre la granada siria y mediar un nuevo orden. Así que el fuego ahí arde sin control; los refugiados ahora se están derramando, y el veneno chiita-sunita desatado por el conflicto sirio está tensando las relaciones entre estas mismas comunidades en Irak, Bahréin, Líbano, Arabia Saudita, Turquía y Kuwait.
Sin embargo, Irak enseña otra lección: chiitas y sunitas no están destinados a asesinarse mutuamente las 24 horas y siete días de la semana, los 365 días al año. Sí, su guerra civil se remonta al siglo VII. Y sí, cuando empezaron a pelear en Irak, lo hicieron con sobrecogedora violencia. No hay nada como una pelea dentro de la fe. Aun así, una vez que el orden fue restablecido, chiitas y sunitas iraquíes, muchos de los cuales se han casado entre sí, estaban dispuestos a trabajar juntos e incluso a postularse juntos en partidos multisectarios en las elecciones del 2009-2010.
Así que la situación no está perdida. Sé que oficiales estadounidenses están hipnotizados por la idea de convertir a Siria del grupo iraní al occidental mediante el derrocamiento de Asad. Eso también haría mi día, pero dudo de que pusiera fin al conflicto.
Temo que el derrocamiento de Asad, sin un tercer partido neutral dentro de Siria para arbitrar una transición, podría conducir no solo a una guerra civil permanente en Siria sino a una que se extienda por toda la región. Realmente es poco probable, pero deberíamos seguir intentando trabajar con Rusia –el abogado de Siria– para ver si podemos mediar juntos un acuerdo para compartir el poder dentro de Siria, así como una fuerza multinacional encabezada por Naciones Unidas para que lo supervise. De lo contrario, este incendio arderá y se extenderá, como el ácido del conflicto chiita-sunita se come los vínculos que mantienen junto a Oriente Medio y de pie entre esta región y el caos.
© 2012 New York Times
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