En días pasados tuve una reunión con algunos funcionarios del Ministerio del Deporte, entre ellos se encontraba una agraciada chica de las tierras altas del Ecuador que, según me dijo el presidente de la República, Rafael Correa, al enterarse de que su nombre era Electra le dijo que llevaba el mismo nombre de una famosa nadadora guayaquileña: Electra Ballén Ayala.
El presidente me preguntó que si sabía de ella, le contesté que no solo sabía de ella, sino que la había conocido y que escribiría una columna para que se pueda informar.
Publicidad
Siempre la recuerdo en los bajos del Palacio Municipal, donde la topaba continuamente. Eran los días en que me encontraba realizando los trámites para comenzar mi escuela de natación, en 1979. Era una dulce ancianita de amable sonrisa, que siempre que me veía se ponía a conversar de natación. Un día le pregunté a mi papá que quién era la amable señora de nombre Electra que conversaba conmigo en el centro de la ciudad. Me respondió: siéntate, te voy a contar sus logros que los conozco muy bien. Así comenzó a narrarme anécdotas, que complementadas con la lectura del libro Los Cuatro Mosqueteros del Guayas. Crónica de una hazaña, de Ricardo Vasconcellos Rosado, puedo escribir a continuación.
Fue a principios de la década de los treinta cuando se llevó a cabo una de las tantas travesías Durán-Guayaquil. Por primera vez una mujer culminaba la prueba, previo a otros intentos pero sin éxito. Lo consiguió Electra Ballén Ayala. De ahí en adelante competió por mucho tiempo, tanto en piscina como en aguas abiertas, pero posiblemente por la hazaña que a ella más se la recuerda es por el cruce Guayaquil-Punta de Piedra, en una distancia de 15 millas.
Publicidad
Pero la distancia no era problema, el desafío eran los peligros que acarreaba porque pasaría cerca del camal de Guayaquil, donde se faenaba el ganado para el consumo de la ciudad. Los desperdicios de lo que no se consumía de los animales era echado al río, lo cual atraía a los caimanes para una comida gratis; por ese entonces, estos pululaban por los bancos de las riberas del Guayas, cosa que no vemos hoy por la contaminación de las aguas y la depredación de estos saurios.
Por otra parte, antes de llegar al fortín de Punta de Piedra, antiguo destacamento de la Armada ecuatoriana construida en esa posición geográfica para proteger a Guayaquil en caso de ataque por el Golfo, era un sitio donde los tiburones más de una vez dejaban ver sus aletas por los alrededores.
Los jóvenes de esa época tenían mucho que hacer. No había nintendo ni Blakberries ni la internet, por lo tanto, se dedicaban a ir al cine, leer libros y crear desafíos, en este caso deportivos. Uno de estos temerarios era Elí Jojó Barreiro, que en uno de esos tantos ratos de aburrimiento le propuso a unos amigos que lo acompañaran en un bote para nadar por su cuenta hasta el fortín de Punta de Piedra. Sin que nadie más lo sepa, y al ver que era posible, propone la competencia.
Muchas personas juzgaban esta carrera como una locura. Los organizadores pidieron permiso a las autoridades pertinentes, entre ellas la Capitanía del Puerto y luego de establecer la logística y los premios, claro está. Partieron desde el muelle fiscal del Malecón.
En la mañana del día acordado, acompañados de muchas embarcaciones que llevaban a los aficionados, algunos incrédulos y otros convencidos de lo que ese día se iba a lograr. Tanto las embarcaciones como los nadadores siguieron la ruta trazada por los marinos conocedores del río, para la seguridad de los participantes en la proa de las embarcaciones de la Marina de Guerra dispuso a sus mejores francotiradores con fusiles de alto poder para disparar en caso necesario por si algún caimán se acercaba peligrosamente a los nadadores en el trayecto.
Para cuando se iniciaba la tarde los primeros nadadores se avizoraron cerca de Punta de Piedra y no tardaron en llegar, pese a tener problemas con un remanso. Electra Ballén arribó en tercer lugar, detrás de los varones y después de mucho bracear marcó 4 horas, 20 minutos y 30 segundos.
Toda una hazaña para la época. Los diarios que cubren el apoteósico evento destacaron la valentía de los nadadores y de Electra, a quien este y otros logros la convierten en una leyenda de la natación.
Hoy sus delicadas brazadas quedan para el recuerdo, en las líneas de empolvados libros y diarios de la época que reposan en las bibliotecas de la ciudad.