La risa del ahorcado del poeta David Ledesma Vásquez

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31 de Marzo, 2012
31 Mar 2012

Era un jueves de Semana Santa. Eran las 10:30 del 30 de marzo de 1961, cuando la empleada doméstica abrió la puerta del dormitorio y encontró al poeta David Ledesma Vásquez colgando del clóset. A su cuerpo sin vida balanceándose en el vacío.

Aunque se ha dicho que utilizó para suicidarse una corbata amarilla y que en el bolsillo de su camisa estaba El poema final, las notas periodísticas de esos días no dan cuenta de ello. El abogado César Santana Bedoya, comisario de turno que realizó el levantamiento del cadáver, detalla que el suicida pendía de la varilla del clóset.

Ledesma utilizó para ahogarse dos corbatas que había unido entre sí como una soga y con una tercera corbata medio se había amarrado las manos, así “procuró la circunstancia de estar imposibilitado de actuar con las manos para evitar zafarse el nudo de la garganta –escribió Santana–, lo que da a entender su resolución de quitarse la vida”.

Se lanzó a la muerte desde un banquito. Se cree que llegó de tres a cuatro de la madrugada a la casa de sus padres, en el barrio del Centenario –ellos estaban en Salinas y el poeta alquilaba un humilde departamento en Boyacá y Aguirre–; por la cama, que estaba repleta de libros, parecía que no había dormido en ella.

En la emisora CRE, donde Ledesma trabajaba, se encontró un papel escrito a máquina, dirigido a Germán Cobos, compañero con quien transmitían un programa a favor de la Revolución Cubana y quien era ahora el marido de Mercedes Cajamarca, exesposa del poeta, con quien tuvo una hija.

En ese último escrito le manifiesta: “Germán: Por favor, cuida que todo marche bien y perdóname por este reemplazo tan largo. Mira que a Meche no le falte nada. Gracias. Y otra vez perdóname por echarte encima todas las novenas. Trank you. Por favor, que siga sonando ‘Aquí Cuba’ hasta que reviente”. Desde el día anterior, David Ledesma había planificado su muerte como si fuese un poema que se corrige, una y otra vez, hasta la perfección.

David Alberto Ledesma Vásquez tenía tan solo 27 años, nació en Guayaquil el 17 de diciembre de 1934, en el seno de una familia acomodada.

Más bien ellos veneraban la memoria varonil del hijo mayor, Hugo Ledesma Vásquez, caído en batalla durante la invasión peruana de 1941 y declarado héroe nacional –es en su honor es la calle Teniente Ledesma–. Tampoco aceptaban su opción artística y bohemia. Tanto así que en sus inicios literarios, el poeta, para no avergonzarlos, firmaba sus versos como Martín Santos.

A más de poeta, Ledesma Vásquez incursionó en la narrativa, fue actor de teatro y radioteatro. En vida publicó los poemarios: Cristal (1953) y Gris (1958). A más de la antología Club 7 (1954) con los integrantes de su grupo literario del mismo nombre del libro, y en 1960, Los días sucios como parte de Triángulo (trilogía poética junto a los autores Ileana Espinel y Sergio Román).

A su muerte dejó inéditos relatos, libretos radiofónicos y poemarios, entre ellos uno con el extraño y presagiante título: La risa del ahorcado o la corbata amarilla de poesía sardónica, escrito entre 1954 y 1959.

En 1967, Cristóbal Garcés Larrea, en la revista Cuadernos del Guayas, número 22, escribió: “Alguna vez, sus amigos cercanos escuchamos los poemas inéditos de un próximo libro La corbata amarilla. He aquí otro extraño presagio. ¡Por qué había escogido un título tan prosaico para un libro de poesía? Había una especie de obsesión por las materias con las que iría a quitarse la vida!”.

Sus poemas fueron apreciados dentro y fuera del país. El gran poeta colombiano León de Greiff manifestó: “Su poesía nos obliga a recordar a Porfirio Barba-Jacob; pero este David le supera en fuerza dramática. Es extraordinario”.

Y cuando Alejandro Carrión leyó su poesía, escribió en Galería de retratos, libro de ensayos literarios: “Es difícil hallar un poeta maldito que haya conseguido mayor clarividencia (…), nunca un poeta ha mirado con mayor clarividencia lo que ocurrirá en su alma, y pocas veces alguno ha logrado expresarlo en una poesía tan austera, tan precisa, tan llena de desnuda y tenaz economía. Ni metáforas ni símiles, ni sombra de fronda verbal: las terribles palabras indispensables, vehículos perfectos para que llegue a nosotros, intacta, su tortura”.

Y es que, por ejemplo, en El Pozo, Ledesma dice: “Hundido. / Sumergido hasta los sesos / entre las aguas negras de las horas. / Pido un reloj para mirar la muerte. / Y una mano sangrante me señala / la cabeza imposible del ahorcado. // Pedir –oh, sí–, / pedir un Dios! / Un Dios gastado. / Injusto. / Negligente”. Recién en el 2006, la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó la obra completa de Ledesma Vásquez, allí se reúnen esos versos que estremecen y hacen daño al lector.

Era un jueves de Semana Santa. Se dice que cuando el comisario de turno realizó el levantamiento del cadáver, en la camisa de David Ledesma encontró El poema final, desgarrador testamento literario dedicado a su madre, Carmen Lucía Vásquez Loor, y a su hija, Carmen.

Los primeros versos de ese extenso poema dicen: “De pronto, / como cortado o incompleto, / como un silencio nada más, / desciendo, / como una sequedad en la garganta, / como una pausa en que vacila el aire. / Amor mío... Amor mío... / ¿Qué cosa puedo darte? / Tú me has dado tan solo tu presencia, / tu sonrisa y a veces tu aliento, / una proximidad y nada más. / Yo te regalo un muerto. Cuídalo bien, / es tuyo / solamente recuérdalo, / cierta fecha de octubre, / porque donde tú naces yo termino. / Y mientras tú me pienses, viviré”.

Cincuenta y un años después, insanamente me pregunto: ¿qué habrá pensado David Ledesma cuando con sus manos amarradas viajaba sin retorno en el vacío?, ¿algún alivio se habrá apoderado de ese ser tan atormentado?

La risa del ahorcado del poeta David Ledesma Vásquez
Cultura
2015-08-12T14:36:07-05:00
Era un jueves de Semana Santa. Eran las 10:30 del 30 de marzo de 1961, cuando la empleada doméstica abrió la puerta del dormitorio y encontró al poeta David Ledesma Vásquez colgando del clóset. A su cuerpo sin vida balanceándose en el vacío.
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