“El mejor regalo de mi vida lo recibí en 1998, y se ha seguido repitiendo en cada Navidad. Recuerdo el 98 como un año muy triste, mi abuelo (¡el mejor del mundo!) había decidido subir a una nave espacial y viajar al cielo meses atrás. Eso nos dejó a todos, en la familia, una sensación de vacío que no hemos aprendido a llenar.