Es su tercera visita al país. Llegó hace dos meses y el lugar al cual más le ha fascinado adentrarse es el río Amazonas. Se trata del yoguista Baptiste Marceau, de 57 años, quien habla español, francés, inglés y portugués, y ofrece periódicamente, por dos o tres días, sesiones de yoga en distintos lugares de Guayaquil. Él, que es hijo del ya fallecido mimo Marcel Marceau, estará en Ecuador hasta fines de este mes y luego irá a España. Aunque no siguió los pasos de su padre en el arte dramático, dice que ambos compartieron el viaje constante lejos de su patria. En el físico se parecen.
¿Por qué se dedicó al yoga y no siguió el arte de su padre?
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Mi papá era único con su arte. Yo soy de la generación de los setenta y quería viajar, ser libre. Fueron bastantes años después de viajar por el mundo que me encontré con el yoga. Siempre me interesé por las culturas orientales, la metafísica y la espiritualidad y cuando me encontré con ella a los 29 años, para mi fue como una revelación, porque combinaba la parte dinámica del cuerpo con la parte del autoconocimiento.
¿Cuál ha sido su mayor aprendizaje en esta disciplina?
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Es una ciencia de autoconocimiento y de transformación. Usa al cuerpo como vehículo para purificar porque el cuerpo es el campo de batallas de la vida. Todas las emociones se cristalizan en el cuerpo. El yoga es una ciencia de sobrevivencia, yo practico el hatha yoga que se centra en trabajar la parte física, que involucra el sistema de respiración interna, saltos entre cada postura, lo que ayuda a sacar las toxinas del cuerpo. Para el yogui lo más importante son los huesos, porque es lo que permanece. Lo que se quiere entonces es atrasar el envejecimiento del cuerpo a través de movimientos específicos con respiración profunda. El yoga requiere madurez espiritual.
¿Que le ofrece esta disciplina?
Me da claridad, enfoque, autodeterminación, independencia, porque me permite no dejarme identificar con la mundanidad. Me gusta mucho el bosque, y por ejemplo para mi eso es Ecuador. La gente no sabe aquí lo que tiene. Ecuador es montañas, Amazonas, playa, en fin, una tierra fértil. Se ha perdido la conexión con la naturaleza, no hay sensibilidad. El yoga nos permite concentrarnos en la esencia del ser, estar un poco a solas, escucharnos.
¿Cuál es su filosofía de vida?
Me gusta la frase ‘Si quieres vivir feliz, vive escondido’ y yo procuro siempre escaparme al bosque, al monte, aislarme. Antes era anónimo, pero ahora como el yoga se ha vuelto más un negocio millonario ya no puedo serlo tanto. Yo tuve que esperar hasta la muerte de mi padre para entender que el yoga está hecho para aprender a envejecer con gracia. Después de los 50 uno tiene la cara que se merece.
¿Que características debe poseer un buen yogui?
Ser congruente consigo mismo, confrontarse con su sombra, autotransformarse, sino puede cambiar el mundo, tener buen corazón, ética, ayudar a los demás, ser sencillo, bueno y no tener prejuicios. Todas las guerras son económicas y anteponen el nombre de la religión o la patria. Las religiones no unen, dividen. Yo no creo mucho en el ser humano, no tengo religión ni dogmas, pero sí creo que hay una fuerza superior, una inteligencia cósmica.
¿Cuál es el mayor aprendizaje de su padre?
La constancia en no quejarme. Mi padre trabajó mucho en su vida. Él me decía: “Yo hago teatro en el escenario, tú lo haces en la vida”.
¿Cuál es la frase que mayormente recuerda?
Mi papá era humanista, su abuelo fue víctima del Holocausto, conoció la atrocidad, no tenía fe en la humanidad. Recuerdo que me dijo: “Aprende a vivir un mundo sin ilusión”.
¿Cómo pueden las personas lograr la paz mundial?
Necesitan autoconocerse, identificarse con su interior, alcanzar la paz con la naturaleza y consigo mismo, regresar un poco a la vida sencilla, vivir sanamente, son cosas de sentido común.