Ya en julio, Jenny Villafuerte, Gustavo Vargas, Raúl Molina y Fernando Alvarado se trasladaron a Louiville, Kentucky a la Universidad del Estado para tocar y estudiar jazz. En consecuencia a fin de año empacaron maletas para escuchar conciertos en la Gran Manzana y absorber esa “sobredosis cultural” que ofrece Nueva York a cada palmo de su deslumbrante geografía urbana.
Es así como escucharon la fusión de Mike Stern tocando guitarra en Iridium donde el legendario músico y fabricante de guitarras Les Paul desarrollaba todos los lunes.
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El emblemático Village Vanguard, de Greenwich Village, quizás el barrio bohemio más célebre del mundo les permitió ver a Kurt Rosenwinkel haciendo jazz contemporáneo con su guitarra, así como a George Coleman un jazz tradicional tocando saxo tenor en Smoke’s ubicado en el downtown.
La técnica propia de Ari Hoenning utilizando la mano para semejar una batería a un vibráfono lo conmovió a Raulito Molina hasta las lágrimas de pura emoción artística.
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Le Cirque de Soleil, y unos Broadway plays redondearon una estadía inolvidable hospedados frente al Madison Square Garden y toda su riquísima historia.
Con Raulito Molina, todavía estudiante despachado a Quito, Carlos Bravo agarró la batería mientras Fernando Alvarado acomodó un impresionante contrabajo y Gustavo Vargas se sentó al piano en el escenario de Diva Nicotina, único sitio, que por nivel artístico y recorrido puede mencionarse al nivel de los señalados anteriormente, en Nueva York.
La versión de Bill Evans de Beutiful love arrancó este miércoles de jazz con un desarrollo clásico y moderno de mucha improvisación.
Siguiendo la máxima picassiana de que “un pintor pinta lo que se vende, pero un artista vende lo que pinta” se embarcaron en una extrañísima y personalísima versión de Bye-Bye Blackbird liderados por Jenny y una singular vocalización, nada que ver con la que conoce el público, seguramente nueva también para esta artista tan inquieta.
Y así, con piruetas en tonos y scat singing, llegaron a interpretar Angel Ice, algo cortavenas, destacando un fuerte acento de blues en el piano de Gustavo Vargas que siempre toca en muy buen nivel.
Primero lenta y luego con mucho swing Jenny le dedicó Fever, ese inamovible ‘estándar’ de los cincuenta, precursor del rock, a un escritor, un “nerd” con espejuelos en primera fila. Soleando por turnos sobresalió Fernando Alvarado, derrochando ritmo en complicidad con la cantante y ese “basso profundo” tan hermoso y representativo del contrabajo.
Ya sin Jenny, y ese hermoso timbre de voz, tocaron All the things you are con Fernando Alvarado haciendo una excelente percusión con cuerdas, para a continuación dejar al público sorprendido y embelesado con la voz de Isabel Crespo, una espontánea que, fuera de programa, cantó All of me con una feminidad irresistible.
El recambio escénico fue quizá el punto alto musicalmente. José Olvera en bajo eléctrico, Marco Armijo, estudiante en batería y el maestro sensei y gran pianista Francisco Echeverría recién dejando el tatami y muy dolido en su manos demostró esa ligereza dinámica en digitación que lo distingue con una versión bestial de Green Dolphin Street.
Days of wine and roses fue un preciosismo en swing moderno y luego comenzaron a juntarse Fernando Alvarado y Echeverría y luego incluir a Jonathan Aguirre en guitarra quien, punteando bien y en intercambio de fina sensibilidad con Fernando, también en guitarra, dieron paso a un José Olvera soleando y que ahora estudia aun siendo un profesional. José Andrés Mena en guitarra cerró una velada tan didáctica como estética.