Yo todavía era un niño cuando una tía abuela, a la que quise mucho y que militó en el Partido Comunista, me obsequió el cuento Alumna de primer grado, de un autor ruso cuyo nombre ya no recuerdo. Varias veces he intentado rastrear el libro por internet sin éxito, lo que me apena, porque el cuento, ilustrado con fotos de la película del mismo nombre, constituye uno de los recuerdos apreciados de mi niñez. Narra las aventuras de una niñita, hija de obreros, de ojos azules y rizos rubios, que acude a la escuela por primera vez. A la mitad del año escolar, la rusita se enferma y para distraerla, mientras ella vuela en fiebre, su mamá le cuenta del “Padrecito Stalin”, un hombre bueno que quería mucho a los niños y que había hecho mucho por la Madre Rusia. Años más tarde supe la verdad, que lo mejor que hizo Stalin fueron los campos de concentración y las masacres en masa; pero el cuento me siguió pareciendo hermoso porque entendí que el autor seguramente debió incluir ese breve capítulo no por propia voluntad sino por orden de algún comisario político de la “revolución”.

Esta semana, en algún lugar del Ecuador, a otros niños sus maestras les contaron el cuento de otro hombre “bueno”, Rafael Correa, que ha hecho “grandes cosas” por nuestro país. Así que, como deber, en lugar de escribir “Mi mamá me ama”, los pusieron a redactar cartas para el nuevo Padrecito. Uno de esos niños, muy inteligente por lo que pude deducir, le pedía en su cartita al Padrecito Presidente que “vuelva a sonreír”, porque aunque algunas personas malas lo ofendieron el jueves de la semana santa, “como a Jesús”, los ángeles lo seguirán cuidando ya que “eres una buena persona”.

Ayer sábado, el Padrecito leyó él mismo en su enlace sabatino las cartas que esos niños le dirigieron de manera “tan espontánea”. Su respuesta fue realmente conmovedora por su modestia: “Sí, chicos, la verdad es que yo soy una buena persona”. A renglón seguido dijo que los economistas de la oposición tienen “cara de estreñidos”, e hizo reír al público, compuesto sobre todo por empleados públicos, con su ya conocida imitación histriónica con la que intenta ridiculizar siempre al ex presidente Lucio Gutiérrez, como para corroborar que, en efecto, él es una “buena persona”.

El totalitarismo necesita, entre muchas otras cosas, reescribir la historia constantemente y crear el culto a la personalidad del líder. La versión oficial del jueves 30 de septiembre, por ejemplo, es que se trató de un intento de golpe de Estado y de asesinato. Como los supuestos líderes del golpe no aparecen, entonces el Padrecito argumenta que así son ahora “los nuevos golpes de Estado”, sus autores son “clandestinos”. Y como los asesinos tampoco aparecen, entonces nos cuentan la historia de que quisieron contratar alguno ese mismo momento, pagándole 5.000 dólares al primero que cruzó por allí.

El culto a la personalidad, a su vez, se lo cultiva cada vez que el Padrecito le pide a uno de sus funcionarios públicos que cuente lo que su gobierno va a hacer (porque en eso consisten los enlaces sabatinos, en lo que van a hacer, no en lo que han hecho). Entonces ese funcionario debe comenzar el ritual aclarando siempre que todo lo que va a exponer es por inspiración “de usted, señor Presidente”, porque, naturalmente, solo al Padrecito se le ocurren ideas.

Luego vienen las cartitas de los niños.