Su mirada se dirige al piso, su  voz es entrecortada y se remoja constantemente los labios cuando habla sobre la cantidad de situaciones de violencia que ha tenido que observar a su corta edad.

El pequeño José (nombre protegido), de 13  años de edad, estuvo  el pasado domingo 15 de agosto a pocos metros de donde cayó abatida la boxeadora Mariuxi Solange Mieles, a manos de sicarios.

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Cuenta que  ese fue uno de los tantos  cadáveres que ha visto desde que  tiene uso de razón,  en la cooperativa 6 de Noviembre, de la isla Trinitaria, en el sur de Guayaquil, una de las zonas más peligrosas de la urbe.

“Aquí es normal ver muertos, algunos han sido amigos míos, que quisieron seguir con las pandillas”, señala.

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Él  sonríe cuando  se le pregunta si para resolver los conflictos se puede recurrir al diálogo. “Jefe, nada que ver, aquí nadie escucha sino que actúa (agrede) de una (rápido)”, agrega el menor, quien permanece sentado en la esquina de una polvorienta calle del sector.

A pocos metros, en cambio, está un grupo de menores vestidos con uniformes deportivos y practicando el fútbol en una escuela del programa Más Fútbol del Municipio local.

Uno de los integrantes de ese programa  confiesa que si bien ha vivido de cerca la crueldad de los delincuentes, sabe que mediante la práctica deportiva se puede alejar de ese mundo de violencia.

Culpa a la droga y al alcohol de los males que pasan en su comunidad y de que le hayan arrebatado a sus amistades a temprana edad. Recuerda el caso de un amigo, de 15 años,  que juega bien al fútbol y que se perdió por el vicio.

“Él era buena pelota, tenía harto futuro y se lo llevó Patria  (equipo de segunda categoría), que le comenzó a pagar un sueldo, pero él comenzó a gastarse el billete en esa cosa (droga) y después los duros (dirigentes) del equipo se dieron cuenta de que mi amigo iba drogado y le hicieron una prueba de sangre, ahí  comprobaron que estaba drogado y lo sacaron del equipo. Ahora mi pana sé que está metido en esa nota y anda robando para conseguir plata”.

Señala que su compañero acude a la “cueva”, que es una casa abandonada cerca al ramal del estero, donde se reúne con otros drogadictos a fumar. Ahí, sostiene, se  planifican los robos y hay gente adulta que los somete a sus órdenes.

Agrega que la delincuencia  funciona de la siguiente manera: un adulto lleva en moto a un menor, le entrega un arma y lo manda a robar.

“Lo más triste es que los pelados (niños) piensan que son valientes al  quedar bien con sus jefes de pandillas”, señala mientras observa trotar a sus compañeros de equipo.

Otro menor  asiente con su cabeza mientras habla el adolescente futbolista.  De vez en cuando interrumpe  para decir que efectivamente las drogas tienen destruido al vecindario.

“Aquí hay manes que dicen que salen a robar y que se van de las casas porque sus papás los maltratan, eso es mentira, ellos se van porque quieren andar fumando y ya no les hacen caso a sus papás”, enfatiza.

Los testimonios de estos menores de la isla Trinitaria y de otros de sectores como Las Malvinas, Puerto Liza, Guasmo sur, Floresta y Bastión Popular reflejan la exposición de los pequeños a la droga y la violencia que se vive en las calles de la ciudad, muchas veces protagonizada por ellos mismos.

Uno de los recientes casos que causó conmoción fue el de dos pequeños de 15 y 13 años que el viernes de la semana pasada asaltaron un bus de la línea 131 en la avenida Francisco de Orellana, en el norte de Guayaquil, y al verse sorprendidos por la Policía huyeron, pero el  adolescente de 15 años  en su escapatoria fue arrollado por un vehículo, heridas que horas después le causaron  la muerte.

Al menor de 13 le encontraron como evidencia un revólver calibre 38 con proyectiles en su tambor, y artículos como celulares y carteras.

Los familiares del menor durante el velorio solo atinaron a decir que el chico se dañó luego de que su madre murió por una enfermedad, aunque vecinos indicaron que el menor se había criado en un entorno violento.

Según estadísticas del Observatorio de la Seguridad Ciudadana de Guayaquil, desde enero hasta el 21 de septiembre se ha reportado el aislamiento (detención) de 275 menores por portar armas de fuego. De esos, solo en el mes pasado fueron retenidos 20. Esto es el 50% en relación a la cantidad de adultos detenidos por este delito.

Asimismo, en el mismo lapso han sido aislados por otros delitos 767 menores y 388 por contravenciones. En lo que va del 2010 se han decomisado 4’230.000 gramos de droga.

Para la psicóloga Malena León Cruz, especialista en terapia familiar, es crítico el entorno de violencia en que se desenvuelven los pequeños de los sectores periféricos.

Explica que en los primeros años de vida las personas experimentan la agresividad y al estar inmersos en ese ambiente  pierden toda sensibilidad.

“Cuando ellos ya son adolescentes fácilmente pueden cometer un delito sin ninguna reacción de lástima, de pena, de dolor, porque  en las primeras etapas ya lo vieron y para ellos ya es algo natural”, manifiesta.

La especialista, quien trabaja en rehabilitación con los menores infractores sancionados por los juzgados de la Niñez y Adolescencia, asegura que los jóvenes comienzan a delinquir entre los 9 y 11 años: primero consumen droga, luego roban y de ahí pasan al crimen.

Señala que el adolescente es más peligroso porque necesita un reconocimiento de su grupo, “necesita tener un nombre, entonces hace lo posible para tener fama, es decir, mientras más daño haga más fama cree que va a alcanzar”, explica, al tiempo que sostiene que eso, sumado a la inmadurez los lleva a cometer delitos muy crueles.

León señala que el 80% de pacientes que atiende en el Correccional han visto escenas de crímenes desde los 7 años.

Recomienda el afecto en el hogar, pero reconoce que esta situación es complicada en una realidad de padres delincuentes, hogares destruidos y vecindarios conflictivos.

Espléndida Navarrete, jueza decimoquinta de Niños y Adolescentes Infractores, señala que las soluciones se complican porque cada entidad involucrada en estos temas trabaja indistintamente en programas de rehabilitación, pero sugiere que más bien exista una política de Estado que agrupe a todos los sectores con un solo objetivo.

Textuales: Menores
Antonio
11 años (Bastión Popular)
“La gente del barrio ve y es cómplice de los ladrones y sicarios pero nadie dice nada por temor a que le maten a un familiar”.

Edwin
13 años (isla trinitaria)
“Me gusta salir a jugar, pero siempre corro a esconderme o tirarme al piso por las balaceras”.