Crítica de música
Sergio Pérez.- Diva Nicotina se ubica en el barrio Las Peñas de Guayaquil pero podría fácilmente ser un referente bohemio del Greenwich Village en Nueva York.
Desde la entrada encontramos a Liliana, dueña del bar, con su esposo y colombiana de nacimiento, a cargo del boliche y atendiendo a un roadie austriaco que no sale de su asombro al enterarse de que aquellos blues tan auténticos que salen de los parlantes son de Andrés Noboa, quiteño blanco, y no de algún negro mal parqueado en el Delta del río Misisipi.
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En fin, es miércoles de jazz puro, auténtico, muy bien tocado, y Diva Nicotina ya comienza a llenarse con 'habitúes' y turistas enterados por voz de boca que estos jam sessions son únicos en Guayaquil.
Intervienen Jenny Villafuerte como vocalista, Fernando Alvarado en contrabajo, Gustavo Vargas en piano y Raúl Molina un referente canchero muy relajado en shorts y llegado con su batería acústica portátil para completar el cuarteto básico que arranca con So What, de Miles Davis sobresaliendo el feeling de Alvarado y los contrapuntos en el tema de Wayne Shorter a continuación.
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¿Adónde más se pueden escuchar estándares históricos del jazz universal?
Estos músicos jóvenes con impecables credenciales académicas de la universidad San Francisco de Quito y su filial de la Berklee School of Music, con sede en Boston, son ahora además, profesores de la Facultad de Música de la Universidad Católica de Guayaquil, que ofrece una licenciatura en música moderna, popular y contemporánea en cuatro años.
Una versión sincopada de Lullaby of Birdland y un clásico popular en todo tipo de música, como lo es Route 66, puso de manifiesto el profesionalismo de Jenny Villafuerte cantando en scat a ratos, y en general subordinando el lucimiento personal para destacar el esfuerzo colectivo, que brindaba un jazz de gran pureza. It Don't Mean a Thing, del inmortal Duke Ellington, tocado a máxima velocidad y con algo de scat-singing fue una excepcional demostración de Raúl Molina, provocando aplausos del público presente, cada vez más compenetrado con la música.
Y así llegamos al final del primer set, un recambio de músicos en el escenario y un vistazo a un público que incluía personajes como Daniel Betancourt, conocido cantante ecuatoriano, una directora de arte y hasta una asesora política de la revolución ciudadana.
Stella By Starlight, del innovador del jazz moderno Dizzy Gillespie, inició el segundo set con Francisco Echeverría en el piano, Carlos Vera en guitarra, José Miguel Vergara al saxo y un excelente Héctor Quintana, de México, en bajo eléctrico, haciendo auténtico latin-jazz ultrasincopado. Con Fernando Alvarado nuevamente en contrabajo interpretaron un bolero-jazz con mucho soul, sobresaliendo piano y saxo para complacer a las sensibilidades más adultas y amantes del blues, un género que origina en el folclore rural, deviene en urbano-popular y otorga sabor y calidez al jazz.
Acoplados, y cada vez más compactos, finalizan el recital con elegancia, propia del jazz más sofisticado de la ciudad; una verdadera excepción en Guayaquil.