La manivela de esta historia comenzó a girar al compás del Viaje de invierno, de Franz Schubert. En una casa de músicos afincados en Granada. La de la familia de Andrés Neuman. Las letras de esos poemas llevaron a este argentino de 32 años, “tocado por la gracia”, en palabras de Roberto Bolaño, a descubrir al misterioso personaje de la melodía, un nómada sin ganas de norte que solo se detiene frente a un viejo y sedentario organillero. Una anécdota para empezar a cincelar la obra ganadora del Premio Alfaguara de Novela, El viajero del siglo. Un libro raro, sí, pero indispensable para hurgar en el pasado y entender el presente. Un experimento literario escrito, según su autor, en un “castellano de todas partes y ninguna, que es la lengua natural de muchos emigrantes y de su mundo movedizo”.
En plena gestación, la madre de Neuman murió. A punto estuvo el también narrador y poeta de dejarse vencer por el desasosiego. Siguió con el dolor a cuestas. En esta entrevista con EL UNIVERSO desgrana detalles de la novela que le dedica a ella, a su madre, porque “hay mucho más amor en cantar que en callar”.
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¿Qué sensación le queda después de seis años de convivencia con Hans, este viajero del siglo, y el resto de personajes que lo rodean?
Ha sido como una proeza terminar la novela. Me había acostumbrado a que este libro fuera un secreto y que sus personajes estuvieran en mi casa. Me pregunto qué será de mí y de los personajes. Tengo la sensación de que los he perdido.
¿Qué pérdida le ha dolido más?
Hay tres personajes principales: el organillero, Sophie y Hans; y dos secundarios: Álvaro de Urquijo y Rudy Wilderhause. Me encariñé con este último, el antagonista, que comencé detestando y acabé comprendiendo y hasta lamentando su destino. Los pequeños personajes, esos que aparecen poco, son los que sorprenden. Siempre permanece el misterio de saber si van a reducirse o revelarse. Echo de menos a Lisa, una muchacha preadolescente y analfabeta. Me gustaba ser su hermano mayor.
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¿Se descubre algo de Andrés Neuman en esos personajes?
Defiendo esa frase que dice que el escritor tiene la obligación de carecer de personalidad porque solo así puede meterse en la piel de quien quiera, no ser nadie para ser todos. No cabe duda, los personajes son el taller del alma.
El viajero del siglo no es una novela histórica. ¿Cómo la definiría?
Como una novela futurista que sucede en el pasado. Es una ciencia ficción rebobinada, como una profecía del presente hacia atrás, para decirnos: “Va a pasar lo que sucedió”.
¿Cómo se documentó para este particular homenaje a la novela histórica?
Lo que me gusta del género es la reflexión sobre la historia. Estudié durante dos años las biografías, los epistolarios, la filosofía, la historia y el arte de la época (siglo XIX). No escribí ni una sola línea pero tomé muchas notas. Antes de empezar tenía 1.000 páginas de ideas, de costumbres de personajes que aún no habían pisado la novela. La documentación iba a estar al servicio de la imaginación. Borré los datos fríos y me quedé con los comportamientos.
¿Sin caer en lo decimonónico?
Empleo recursos de las vanguardias, enfoques visuales del cine, monólogos interiores a lo Joyce, diálogos caóticos. Hay permanentemente imágenes surreales que recuerdan al ultraísmo, a las vanguardias históricas, un intento muy deliberado de ir más allá del lenguaje clásico del XIX. También hay estructuras fragmentarias y posmodernas. Me divierte mucho contar la “cara b” de las escenas, las que nunca salen en las novelas románticas o en las películas clásicas. La presencia de la menstruación, tan normal, deriva en una conversación sobre Kant, entre los protagonistas. Ella, aunque es joven, tiene estrías y los pechos caídos. Él parece fuerte pero su vientre es un poco fofo y con vellos en el ombligo. Estos son elementos que no se corresponden con el ideal romántico.
1827. El año no aparece citado en la novela, pero es el inicio de la trama, ¿por qué?
La cita inicial de la novela es la última estrofa de la última canción de El viaje de invierno, de Franz Schubert. Esos poemas son de Wilhelm Müller y cuentan la historia de un viajero que se detiene frente a un organillero. Pensé que lo justo sería que se encontraran en el año que se publicaron esos poemas, 1827, y a medio camino entre Dessau, la ciudad natal de Müller, y Berlín, donde estudió. Ahí se encuentra Wandernburgo, un lugar imaginario, para extranjeros, para desorientados.
Wandernburgo no existe, pero ahí empiezan a aparecer las primeras generaciones de feministas europeas. Serían las abuelas de Virginia Wolf. Es una generación que hereda el pensamiento ilustrado y las contradicciones misóginas de la Revolución Francesa. Lo que antes era un conflicto de la élite intelectual ahora es un conflicto de la mujer media.
¿La musicalidad en la narración tiene algo que ver con el hecho de provenir de una familia de músicos?
Ojalá sea cierto. Estudié violín y fracasé durante cinco años. No tenía talento. Mi madre me decía: “Bueno, no es que no tengas talento para la música, es que tú la utilizas para las palabras”. Fui, podría decirse, la oveja sorda de la familia. Lo cierto es que mi objetivo no es dominar el lenguaje, sino desconocerlo y darme cuenta de lo raro e infinito que es el oficio.
En sus anteriores libros hay una referencia explícita a Argentina. ¿Por qué en este orilla su pasado?
Me interesaba que la historia suceda en otro siglo, otro país y que yo no aparezca por ninguna parte. Al no poder utilizar los recursos del anterior se parte de una ignorancia absoluta y eso abre los poros y los ojos. Así, uno se siente más honesto. Para mí es importante decir estoy haciendo lo que no sabía.
No habla de Argentina, pero sí de extranjería… El libro no habla de ninguna nación, pero sí de las fronteras en general. Hans no deja de ser un emigrante perpetuo, no sabe de dónde viene ni a dónde va.
Creo que la mayor parte de la humanidad vive así, entre irse y quedarse, como un forastero. Quienes estamos en ese caso de una forma más evidente somos los emigrantes, porque nuestra biografía ha realizado físicamente esa duda. La emigración no es solamente una realidad biográfica sino un estado vital, una forma de estar en el mundo.
¿Estamos asistiendo a una alegoría de lo híbrido?
Hay una cierta visión de multiculturalismo y multilingüismo. La novela habla de la extranjería, pero en lugar de hacerlo desde el problema concreto de un país que es el de origen lo hace de una forma más parabólica y metafórica.
¿Y utópica, tal vez?
Hans y Sophie se proponen algo que es difícil de cumplir como toda utopía, pero fascinante y muy noble que es traducir toda la poesía europea a una lengua común. Es como un proyecto truncado e inacabado de la unión de toda Europa a través de un lenguaje común, que no es el de las armas ni
el de la iglesia, sino el de la poesía.
Nombre: El viajero del siglo.
Autor: Andrés Neuman.
Género: Novela.
Editorial: Alfaguara.
Páginas: 531