Durante estos días los niños, esos pequeños-grandes maestros, se convierten en centro de atención. Su maestría viene de descubrir el mundo con ojos nuevos y plantear preguntas que nos desubican o establecer relaciones que no se nos ocurren. Nos plantean que para saber hay que descuadrarse de lo que conocemos, mantenerlo como herramienta, sin que ellas nos instalen en el mundo de “ya lo sabemos, esto se hace así”, puerta directa a la intransigencia.
Quizás en ese asombro del que descubre y todavía no está deformado por la seguridad de lo conocido, hay las pistas para un mundo nuevo. Jesús, ese gran maestro cuyas enseñanzas han influenciado la civilización occidental desde sus raíces, decía que hay que hacerse niños. No se trata de un recuerdo, de un volver para atrás, sino con la experiencia de los adultos recuperar la capacidad de asombro y de novedad de los niños, no la ingenuidad sino la pureza, esa hija de la sabiduría que torna las miradas transparentes y luminosas.
Hace pocos días en la fila de la tercera edad, las más divertidas de las filas, en un banco, mientras los empleados atendían a los que habían llevado billetes chicos y monedas, dos “adultas mayores”, maestras, se contaron las siguientes anécdotas cuyas referencias no conozco, intercaladas con las discusiones de rigor sobre la constituyente y la utilización de los niños en la publicidad, y que yo adapto casi sin darme cuenta. Las comparto con ustedes porque hablan por sí mismas.
Un niño acudió a una tienda de mascotas donde venden perritos, tenía un tesoro de 8 dólares en su bolsillo que cuidaba con esmero. El dueño le mostró unos cachorros hermosos. ¿Cuánto valen? Entre 150 y 200 dólares le respondió. De pronto salió de detrás de la tienda un perrito que apenas caminaba, seguía a su madre con dificultad. Ese quiero, dijo el niño. No te va a gustar le respondió el dueño. No podrá correr, ni saltar, ni salir con otros perros. Cuando nació, su cadera se rompió y será inválido para siempre. El niño se levantó el pantalón y le mostró su pierna torcida llena de aparatos de metal. Ese quiero, sostuvo, el perrito necesita alguien que lo comprenda. El dueño conmovido se lo entregó, te lo regalo le dijo. El niño sacó el tesoro de su bolsillo y le respondió: pagaré por él todo el precio, vendré con mis ahorros hasta que termine de pagárselo.
En los días de realizaciones que preceden la orgía de consumo de la Navidad, un pequeño lotero, mal vestido, sudado, con chancletas, logró escurrirse en medio del gentío y escondido entre la muchedumbre y con la cara pegada al cristal contemplaba absorto un par de zapatos deportivos. Una señora le preguntó ¿qué haces? Le pido a Dios que me regale un par de zapatos como esos, dijo señalando los que lo encandilaban.
La señora lo invitó a entrar a la tienda, le pidió al empleado un par de calcetines apropiados a la talla del pequeño, lo llevó al baño y en el tocador le lavó los pies con esmero. Cuando le trajeron los calcetines se los puso y salió a probarle los zapatos preferidos. Le quedaban perfectos, los compró, envolvió las viejas chancletas, se las entregó, y dejó al niño atónito con el par de zapatos nuevos relucientes en sus pies. Se despidió con un beso. El niño logró salir de su asombro y buscándola en el centro comercial al hallarla le preguntó: ¿señora es usted la esposa de Dios?