Murió el sábado pasado y hasta el cierre de esta edición las agencias de noticias y páginas web no daban detalles de su funeral.

Lo recuerdo en el escenario: rostro pintado de blanco, sombrero adefesioso en el que asomaba una flor roja. Podía expresar sin abrir la boca la gama completa de las emociones humanas. Tuve el privilegio de entrevistarlo dos veces, almorzar con él hace muchos años en el restaurante parisino La Coupole. Cuando supo que iba a encontrarme con Rostropovich me entregó para el maestro una carta con insólitos dibujos.

El violonchelista más famoso del siglo XX me contó la sabrosa anécdota que sucedió cuando, en Moscú, fue invitado por Marcel a subir al escenario con su instrumento. “Marceau no sabía nada de la posición correcta de los dedos en las cuerdas pero su imitación era tan realista que parecía más violonchelista que yo”.

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En la terraza del Grand Hotel Guayaquil, conversamos dos horas, pues, fuera del escenario, Marcel era bárbaramente locuaz. Dijo en varias entrevistas: “No hagan nunca hablar a un mimo. No se detendrá”.

En el Centro de Arte, el artista  de 80 años podía arrodillarse, arquear el cuerpo hasta que su nuca tocase el piso, levantarse sin utilizar las manos. Una de sus más conmovedoras actuaciones llevaba por título: Juventud, madurez, vejez y muerte. Mostraba en minutos el ciclo de la vida, conmovía a su público hasta las lágrimas.

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Me quedan fotos con él,  sin máscara ni maquillaje, tal como se quedó cuando la muerte inmovilizó para siempre una de sus expresiones. El me dijo mientras tomábamos un café: “Desde niño, desde mi primer grito de independencia, me comprometí con el silencio. Sería mimo o nada... hasta la muerte”.

FUNERAL
El mimo Marcel Marceu murió el pasado sábado a los 84 años. Será enterrado en el cementerio parisino de Pére Lachaise en los próximos días, aunque su familia no preciso hora ni fecha del acto.

REACCIONES
El presidente francés, Nicolas Sarkozy, dijo que sentía “admiración y respeto por Marceu, uno de los embajadores más eminentes” de ese país. Mientras, el primer ministro francés, Francois Fillon, lo recordó como un “maestro resistente que venció las barreras del lenguaje”.