Las cábalas (esas en las que el papa Benedicto XVI dice que no hay que creer) aseguran que el domingo siete es un día de mal agüero, solo equiparable con el martes 13. Para nosotros los supersticiosos (que no pasamos por debajo de una escalera si es el papa Benedicto XVI quien está arriba, evitamos los gatos negros y nos bajamos de un avión en pleno vuelo el instante que descubrimos que como pasajera va una monja) este año, por ser 2007, comienza con malos presagios.

Ustedes me preguntarán: ¿y por qué el siete es un mal número? Y yo les responderé que desde la más remota antigüedad el siete ha tenido muy mala prensa: siete fueron las siete plagas de Egipto, siete son los siete días de la semana, siete son los siete samuráis (ignoro qué tenga esto que ver en el asunto, pero debe ser pésimo) y siete son los siete pecados capitales. Es decir, el siete está rodeado de una aureola negra, todo lo contrario  de Blanca Nieves, que estuvo rodeada por siete enanitos.

Por eso, en este domingo siete del 2007 es mejor que ustedes no salgan de sus casas, ya que afuera acechan todos los peligros: sin que ustedes ni siquiera se den cuenta, se pueden encontrar con que el Palacio está ocupadísimo recomponiendo su imagen para demostrarnos que sí fue un gran presidente y que su obra ha sido la más magna que se ha hecho a lo largo de toda la historia. ¡Imagínense el susto! Ahí mismo les da un infarto y ¡pum!, caen fulminados.

O, si no, ustedes que habían amanecido tan tranquilos, tan relax, tan dispuestos para pasar este domingo siete del 2007 en el seno familiar, se encuentren con que ya se formó una nueva mayoría en el Congreso y se unieron, otra vez, el Lucio, los del Prian, los socialcristianos y los que antes eran hijos DP y ahora son los UDC. ¿No cierto que enseguidita les agarraría un soponcio y cayeran cuan largos son como aplastados por una aplanadora? ¡Qué miedo! ¡Peor que ver un gato negro!

Y es que es horrible el domingo siete, para qué también. Solo en un domingo siete del 2007 puede pasar que, ni bien salgan ustedes a la vereda en un día totalmente soleado, ¡zas!, sientan que del cielo les caen unas gotitas y cuando, alzando los ojos a las nubes, piensen que se va a desencadenar el aguacerón, se dan cuenta que lo que llueve no es agua, sino glifosato. Fu, eso en domingo siete es muy posible. Pero eso, en vez de ser un mal augurio, ha de ser para nuestro bien, porque el Uribe dice que el glifosato es el mejor regalo que nos pueden dar los colombianos: ayuda a crecer el pelo, perfuma el ambiente, regenera la piel y hasta elimina el golpe de ala.

El domingo siete es tan peligroso que, sin que demos motivo, tranquilamente nos puede caer de encima una constituyente que nos parte la espinosa. ¡Ay, no, qué bruto!, el espinazo quise decir. Es que cualquiera se hace un lío porque lo que hasta el 2006 era canciller, en el 2007 se vuelve cancillera y lo que era ministro de Defensa, ahora es ministresa, y lo que antes era espinazo, ahora es espinosa. Chuta, ya me confundí del todo. Eso me pasa por escribir en domingo siete, ques de mala suerte.

Cuidaránse, verán que les advierto.