Caminar ese trayecto –recomiendo hacerlo un poco antes del atardecer–, es pasear por el pasado y el presente de un Guayaquil del oeste que creció a orillas de ese brazo de mar.

En la Plaza de la Música, junto a unos pequeños que se divierten en los juegos infantiles, Clemente Barco –parte de las 18 familias que vivían en las casitas de madera y caña clavadas en el estero y reubicadas en dos condominios–, me cuenta que durante  38 años habitó esas riberas.

Publicidad

Él llegó al sector en los tiempos del Tírate al agua, que funcionaba en la orilla del estero, del Nonay  y otros cabarés más. “El tipo de gente que llegaba por las noches a esos antros daba miedo”, recuerda.

Los primeros que poblaron el barrio eran de Puerto Roma y la Península.
Esa orilla era un sitio de trabajo. Había un depósito de madera y carbón, su dueño era Lucín Villón, apodado Chirringo. Un patucho que comenzó vendiendo pescado asado y “por él la barriada era conocida como Puerto Chirringo”, rememora Barco.

Publicidad

Avanzo por la Plaza, en forma de una inmensa guitarra, que con placas recordatorias rinde homenaje a los músicos criollos: Carlos Rubira Infante, las hermanas Mendoza Sangurima, Enrique Ibáñez, Nicasio Safadi, Olimpo Cárdenas, los hermanos Montecel y Julio Jaramillo.

También se puede ingresar o salir de la plataforma por once portones de las calles: Balzar, Sucre, P. Tamayo, Yaguachi, Martínez (ubicado frente al Club Náutico), Otavalo, Federico Godín, Santa Elena, Izquieta Pérez, Alfredo Valenzuela y Guerrero Martínez.

Por las calles de los portones, se dan escenas de la típica vida porteña: vecinos que conversan en las aceras. Es el caso de Bolívar Castillo y Gonzalo Coronel, que no olvidan que antes del relleno el estero era ancho.
“Los autocarriles de la costa venían cargados de sal en grano y hacían estación por San Pedro”, anota Castillo, quien en esos tiempos vendía pescado al charol por las calles lodosas del barrio.

A lo largo de la plataforma flotante –de casi 5 kilómetros– hay quioscos que ofrecen bocaditos y refrescos. También algunas casas, todas pintadas con colores vivos, han implementado pequeños negocios.

En Guerrero Martínez, Gloria Lavayen, a sus 76 años de edad, cuenta que 40 años atrás durante el invierno sufrían porque el estero inundaba al barrio que era bien bajo. “Mi casita nadaba en agua”.

 Cuando se derrumbó el puente del Tren de la Costa y en el estero se hundió la locomotora, ella tenía 9 años. “También veía cómo la gente iba a bailar al American Park”, parque de diversiones que funcionaba donde hoy está la Plaza Rodolfo Baquerizo Moreno.

Comenta que los vecinos pueden vender comida preparada “pero con cocina, mesas y sillas nuevecitas, pero una es pobre y qué va a tener para hacer esas compras”, se lamenta porque bastante gente pasea por el malecón durante los fines de semana.

Las casas ubicadas a orillas del estero no han perdido su espíritu de barrio popular y auténtico. Sus ventanas lucen plantas y flores, pero también ropa recién lavada que danza al viento mientras se seca al sol. Y en los bajos están las canoas de pesca amarradas a los pilares hundidos en el fango.

Para apreciar el paisaje, una excelente opción es trepar al mirador que se alza a la altura del portón de la calle Federico Godín.

Desde que el malecón del Salado fue regenerado volvió la costumbre de remar botes y algunas lanchas a motor realizan paseos turísticos.

Cuando el sol empieza a fallecer los visitantes, que llegan a las cercanías del puente de la 17, aprecian al puñado de niños que desde lo más alto de ese puente se lanzan al estero. A esas aguas salobres, que al oeste bañan a la ciudad. A esa Guayaquil coronada de espuma y olorosa a manglar.