Miguel Donoso Pareja teje en su nueva novela una ambigua imagen de la hija trágicamente muerta que adquiere corporeidad en los episodios de un México violento, controlado por oscuras ramificaciones del poder político y en el que sobresalen nombres de guerrilleros populares que la historia ha procurado borrar.
En Leonor, Miguel Donoso Pareja abre en la entraña de una historia casi personal un espacio para una amplia reflexión sobre todas sus preocupaciones contemporáneas.
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Una novela en la que se van tejiendo las evocaciones de un personaje que, desde el imaginario, va tomando cuerpo: Leonor. Ese “sueño que está obligado a soñar para recuperar el rostro de Leonor, al sonido oscuro de su nombre, que le parece gótico de pronto, lleno de pasadizos secretos, de laberínticos senderos, de monstruos tristes, solitarios”.
Donoso Pareja teje una ambigua imagen de la hija trágicamente muerta que adquiere corporeidad en los episodios de un México violento, controlado por oscuras ramificaciones del poder político y en el que sobresalen nombres de guerrilleros populares que la historia ha procurado borrar.
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Una ambigüedad constante alimenta el texto; una ambigüedad que se quiebra por las fechas, por los lugares, por los referentes políticos o literarios reales. Es como si las fechas quisiesen conceder de algún modo realidad a los recuerdos del narrador. Si el capítulo se titula “Aquí y ahora (ya en el 2000)”, las primeras frases del capítulo desdicen el título (“No sabe en qué lugar está ni en qué año”) para de ese modo quebrar la torturante omnipotencia del tiempo o de la geografía.
Luces y sombras, existencias reales y deseadas que se resumen en Leonor. Una Leonor que parece inventar al narrador, hacerlo posible, justificarlo:
“El hombre sigue girando. Es la muerte de la muchacha la que lo construye, la que lo escribe en su cabeza inerte, en su olvido...”.
Leonor es un libro para contarse a sí mismo, para recordarse, en el Distrito Federal, en Guayaquil, en Barcelona, a lo largo de todo el itinerario de un autor, que adquiere la denominación ambigua de “X”, que se exilió en 1964 y que, desde entonces, viaja a través de sus recuerdos, conducido por alguien, por Leonor:
“X ausculta su corazón, mira su calvicie en el espejo, desempolva su memoria, quiere librarse del olvido, reconocer a su hija entre las muchachas que pasan a su lado en Madrid, en la Puerta del Sol, en la Gran Vía; en Manta, en Nueva Orleans, Bourbon Street; en Guayaquil, en el barrio gótico de Barcelona; en la quiteñísima Amazonas, en Marrakech, entre los surfistas de Montañita, en cualquier parte”.
“El hombre solo la evoca, trata de reconstruir el rostro y no puede. Al querer borrarla, Leonor se le ha convertido en un dolor inasible y, por lo mismo, interminable, en una piedra inmensa sobre su pecho, una memoria enferma y agónica, una sonrisa entre angustiada y burlona, dolida siempre, que le agradece por haberle enseñado a andar en bicicleta, lo único que te pedí que me enseñaras, papá, casi como una despedida entre irónica y llena de dolor, que él no fue capaz de captar”.
Y en la medida en que los hechos y los fragmentos de olvido se van entretejiendo, la novela va disolviendo la realidad, hasta el punto de que “la muchacha muerta camina, en el bosque de Chapultepec, junto al hombre que la sueña”. Una “densidad que lo agobia”. Una “atmósfera que le envuelve en fechas, en lugares, en hechos, en palabras, en mentiras repetidas”.
Y las fechas y los lugares y las lecturas son las de Miguel Donoso Pareja, desde el año de su nacimiento –o de su supuesto nacimiento, porque la fecha no coincide con la solapa del libro–, el año de su exilio, el año de la masacre de Tlatelolco o de la de Guayaquil.
Leonor es un libro diferente a otras novelas de Donoso Pareja, en las que la ficción transcurría siempre en la ficción, en su clásico Henry Black, por ejemplo.
Leonor parecería un intento por dar realidad a las evocaciones constantemente veladas, insinuadas, y por dotar de ficción y de mito a los hechos reales. Un trastocamiento que juega las veces de la intriga novelística.
Donoso Pareja consigue rescatar a los hechos de la rutina de la historia, para que, conjugados con la evocación de Leonor, se conviertan en los elementos de su mitología personal, en los que hay una constante: las derrotas. La derrota personal con la pérdida de Leonor. Las derrotas colectivas de los pueblos latinoamericanos. Y el estilo de la narración se ajusta a la evocación de la pérdida, de múltiples pérdidas, pérdidas de lugares, de sueños, de ilusiones políticas. La vida es mejor que la muerte dice en algún momento el narrador. Y ese es uno de los pocos momentos en los que alguna luz se hace en el texto.
Es un libro que podría ser el primero de una saga autobiográfica, donde el autor se desdobla en el personaje para mejor narrarse a sí mismo.