Con la obra  El vano ayer, el  escritor español Isaac Rosa obtuvo, en el 2005, el Premio Rómulo Gallegos de Novela. Habla sobre el franquismo.

La novela El vano ayer llegó a las librerías ecuatorianas con el antecedente de ser el último premio Rómulo Gallegos, concedido en el 2005, a esta obra  publicada un año antes. La intriga comienza en las primeras páginas, no precisamente por vía de la ficción, sino del intento de su autor, el sevillano Isaac Rosa (1974), de presentar una novela en marcha.  Un relato que recoja en cierta forma experiencias literarias del último siglo, y convertirse en “un autor en busca de su novela” o bajo la perspectiva de un Bertolt Brecht, una obra con distanciamiento.

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De cualquier manera, una propuesta distinta a la que nos tiene habituados el mercado de los autores jóvenes. Todo comienza por la utilización del azar, para encontrar en una estantería de biblioteca pública la historia del que podría ser el personaje, para escribir una ficción sobre la realidad del régimen de Francisco Franco en España.

Isaac Rosa escoge, por último, la historia de un profesor universitario que sintetiza un sector de la sociedad española que construye, entre el miedo y la indiferencia, una neutralidad que no convence ni a unos ni a otros, en un país profundamente dividido; y como su antagonista, el clásico y mítico dirigente de izquierda que acaba desapareciendo, ya puede ser en una oscura sala de torturas del régimen, en el exilio, o simplemente “haciéndose humo”.

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El protagonista es descrito en las primeras páginas de la novela como aquel que llevó con terquedad y hasta el extremo una radical neutralidad, lo que provocaría ser apaleado por los estudiantes bajo la acusación de “chivato” y policía camuflado, al mismo tiempo que expulsado de la universidad por su sospechosa falta de fidelidad al franquismo.

Signados los dos personajes por lo misterioso de sus desapariciones, el autor ha creado el escenario propicio para convertir a cerca de doscientas páginas en una constante persecución de la verdad.

Y para desarrollar no solo a estos personajes y al argumento, sino al contexto de violencia desatada por el régimen político,  Rosa se convierte en alguien que recoge testimonios, confronta testigos del destino del profesor y del rebelde, coloca juntas tres y cuatro versiones de un mismo hecho.
Incluye comunicados de prensa tanto en torno a la agitación universitaria que marcó el destino de los personajes como a otros acontecimientos como la prisión y tortura del legendario líder comunista Julián Grimau, relatos oficiales y narraciones de actores de aquellos años sesenta; todo ello,  con escenas conmovedoras narradas en primera persona, para ir elaborando lo que será su novela –y su hipótesis personal sobre la dictadura franquista– del modo más “objetivo posible”; recurso, este, de provocar distanciamiento, muy “brechtiano”, con el cual consigue que los episodios dramáticos o intensos, intercalados de informes distantes y fríos, adquieran perfiles mayores.

¿Y cuál es la hipótesis del novelista? “Mis lecturas sobre el franquismo me han desarrollado una cierta obsesión: en casi todo lo que ocurre hoy en España encuentro alguna raíz en el franquismo. La herencia del régimen es mayor de lo que parece a simple vista… Lo peor del franquismo es lo que permanece: corrupción moral y perversión del lenguaje”.

Por tanto, existe también, en esa propuesta de una novela en formación el afán de “reflexionar sobre la construcción del discurso del franquismo en la ficción”. Ese tránsito constante de la ficción al documento histórico, incluso cuando este documento es “fraguado” por la propia imaginación del autor, convierte a esta novela en un ejercicio de escritura en el que el lector se siente parte de ella, cómplice del autor, su copartícipe en la investigación de los hechos.

Novela en formación, novela experimental, aunque su autor lo niegue y prefiera hablar de una escritura no convencional pero sin afanes experimentales, que “recurre a múltiples recursos y técnicas, pero intentando que no se conviertan en fuegos artificiales”.

Y afirma a renglón seguido en una entrevista reciente: “El motivo de escribir así procede de mi condición de lector; me interesa un tipo de literatura exigente, que asume riesgos, que pide un esfuerzo al lector porque lo sabe inteligente”.

Al final, la novela desembocará en lo que ha sido: un conjunto de interpretaciones para que el lector construya su propia hipótesis… Aunque Rosa confiesa que aparece con claridad cuál es la interpretación del novelista. Todo ello, porque la novela es, también, el humor y la ironía en torno a cómo se construyen los discursos sobre la realidad.

 El vano ayer es la quinta obra de Rosa, luego de la pieza de teatro Adiós muchachos (1998), El ruido del mundo (1998), La malamemoria (2000) y Kósovo: la coartada humanitaria. (2001).