Sábado 28 de junio del 2003 Música

Los Prisioneros encarcelaron con su música

Subjefe de Redacción | Fernando Astudillo

Ojo al espectáculo

Están intactos. Los Prisioneros son solo prisioneros de sus ideas, de su música, esa que nació con fuerza en la década de los ochenta y que hoy sigue sonando, cautivando, logrando reflexión.

Tan intactos que lograron movilizar a unas 5.000 personas en el coliseo Voltaire Paladines Polo la noche del pasado jueves, con la magia de la nostalgia y también con la presentación de pocos de sus recientes temas del álbum que se promociona con el sencillo Ultraderecha.

 Al trío chileno se lo oye igual. Igual de irreverente, igual de contestatario en sus melodías chilenas que se trasladan a todas las sociedades latinoamericanas tan llenas de prejuicios, de intolerancias, de patrones copiados de consumo.

Los Prisioneros riegan sus ideas en sus canciones. Siguen siendo políticos, los mismos políticos que fueron para sobrevivir con sus letras rebeldes en medio de la dictadura chilena de Augusto Pinochet.

Jorge González, el líder, la voz, el bajo, viste tan sencillo y entona sencillo, pero con fuerza, la primera canción de la noche: Quieren dinero.

Son las 21h30. El público se mueve, enloquece. Se agitan banderas chilenas, otra más que esconde una contradicción burlesca: una bandera invertida de EE.UU. en donde se clava el rostro clásico del Che Guevara. El público de Los Prisioneros también es irreverente. También se queja. Pero grita cuando retumba la quinta canción de la noche: Sexo. Hay que ser de los ochenta para entender lo que ese estribillo: “sexo compro, sexo vendo, sexo arriendo, sexo, sexo, sexo....”, significa para toda una generación.

Comienzan a volar los condones inflados, el trago (siempre el trago) aparece por varios lados aunque toda una vida se repita el discurso mentiroso de que son prohibidos en estos espectáculos.

Cerveza, Trópico, Cristal, la oferta siempre existe. Las dos pantallas gigantes al costado del escenario muestran a González, a Claudio Narea (guitarra) y Miguel Tapia (batería) ejecutando el show, y atrás, miles de treintañeros, de veinteañeros, se mueven coreando lo que se venga.

Y viene Muevan las industrias y toda esa carga de queja obrera, de queja ecológica. Y viene luego Tren al sur que transporta, desde el fondo, con el sonido ese del chucuchu, chucuchu, toda la magia electrónica de una década signada por el virtuosismo de  The Cure o de Depeche Mode, de convertir, con mayor fuerza, la tecnología en aliada de la música.

“Y no me digas pobre, por ir viajando así.. no ves que estoy contento, no ves que estoy feliz...”.

Los felices son los asistentes. Sigue la especie de broma de ¿Quién mató a Marilyn?, la identificación de un estilo de vida, con We are Sudamerican rockers. Luego regresa la carga ideológica.

La de gritarle a la sociedad inconforme con lo nacional, la que siempre se queja, la que eternamente busca lo extranjero porque dice que es mejor. Aparece ¿Por qué no se van?, una canción tan vieja y tan actual para un Ecuador destrozado por la migración.
“Si la cultura es tan rica en Alemania, si aquí tu genio y talento no dan fama, ¿por qué entonces no te quedas allá?...”.

Sigue la noche. Sigue la música y explota de nuevo el público con Estrechez de corazón, un ritmo que puede ser romántico para muchos, tan romántico como Fe, esa canción intensa que canta González, recordando su fugaz etapa como solista, luego de que Los Prisioneros se disolvieran en 1991.

Y luego vuelven las quejas. Vuelve el golpe doloroso que es para cada una de nuestras sociedades el desempleo. El  baile de los que sobran  es eso, la expresión musical del desempleo. La expresión musical de los miles de latinoamericanos que están pateando piedras en las calles, con los bolsillos vacíos y las ambiciones contenidas.

Se grita, no se canta: “...Oías los consejos, los ojos en el profesor, había tanto sol, sobre las cabezas. Y no fue tan verdad, porque estos juegos al final terminaron para otros con laureles y futuros y dejaron a mis amigos pateando piedras...”.

Siguen siendo los mismos. Se van, se grita que vuelvan. Son las 22h40. Y la última canción, la número 17, es la firma de la noche: La voz de los 80.

¿Quién dijo que la década de los 80 fue perdida? ¿Nos los dijeron los economistas en los periódicos cuando éramos adolescentes? Pues para Los Prisioneros no lo fue. Dos décadas después siguen llenando estadios. Siguen regando ideas.

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