Pocas son las mujeres ponés en la nacionalidad tsáchila que mantienen el legado de ser sanadoras espirituales y conocedoras de las plantas medicinales en la comuna Chigüilpe, dos de ellas aprendieron de sus padres esta práctica ancestral.

Según la cosmovisión tsáchila, ser sanador espiritual (poné en tsa’fiki, lengua de los indígenas) es el rango más elevado dentro de la religiosidad de esta nacionalidad, para llegar a este nivel de práctica debieron pasar como ayudantes y vegetalistas durante varios años de preparación de un anciano, que ya desarrolló la facultad de conectarse con la naturaleza y diversas energías.

Son los hombres quienes en su mayoría tienen este rango y las mujeres que han tomado este camino resguardan un legado entregado por sus antepasados: Graciela y Ana Calazacón, quienes provienen de dos familias que por tradición han mantenido esta práctica ancestral, ambas fueron preparadas por sus padres, que ya fallecieron, y aseguran mantener una conexión con ellos cuando aplican en sus pacientes los conocimientos entregados.

Graciela es la hija del último gobernador por linaje de los tsáchilas, Abraham Calazacón. Cuando su padre vivía y ella tenía 5 años, empezó a conocer sobre las propiedades medicinales de las plantas nativas que se sembraban en su comuna, esto dio inicio a que empiece el camino de su progenitor, quien utilizaba a la flora como una aliada para aliviar enfermedades del alma y el cuerpo.

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“Llevo el legado de mi padre, y él se dio cuenta de que en mi karma estaba el de un poné varón, él me preparó desde muy pequeña”, dice la poné.

Además, ella explica que cada persona mantiene su sabiduría interior, y que en su caso la de sanar se manifestó en su destino. Su madre también fue sanadora y de igual manera la ayudó a conocer sobre la mística de los males.

Al igual que Graciela, Ana Calazacón también heredó de su padre, Octavio Calazacón Laquinche, el don de conocer a las plantas y la energía para sanar. Sostiene que esta facultad de curar también le llega por parte de una tía que vivió hace 300 años, llamada Andrea Aguavil. “Concentré toda esa espiritualidad. Desde los 15 años mi padre me enseñó, era su ayudante en los baños de florecimientos en la cascada”, cuenta.

Su padre, fallecido a los 100 años, le indicó antes de morir que debía coronarla como poné, para que ella continúe con el legado familiar.

“Yo quiero darte todo ese poder que yo tengo, fue lo que me dijo”, añade.

Ambas ponés son reconocidas en la nacionalidad y participan en los rituales que realizan los demás sanadores hombres. Ellas coinciden en que sus progenitores son quienes las guían y las acompañan.

“A la gente le llama la atención cómo curamos, y muchas personas nos prefieren”, afirma la poné Ana.

Ambas aspiran a que esta tradición se mantenga en las mujeres de su nacionalidad, y que el conocimiento no solo se comparta entre hombres. (F)