La cámara enfoca un antebrazo lleno de marcas. Son las cicatrices de un adicto, pero también las de una víctima que no ha logrado superar el trauma de una violación, pese a que él mienta y diga que sí frente a un periodista al que cuenta su historia.

El dolor -la catarsis de ese dolor indignante a través del periodismo- es lo que nos brinda el director estadounidense Thomas McCarthy con Spotlight, una sólida reconstrucción del trabajo periodístico que hizo el equipo de investigación del diario The Boston Globe (2001-2002) sobre uno de los mayores escándalos en que se ha visto envuelta la Iglesia católica: la sistemática violación de niños, durante décadas, por parte de sacerdotes y hermanos de Boston -249 acusados públicamente- con la complicidad de la más alta jerarquía eclesiástica de la zona. Una investigación que abrió las puertas para que otros delitos similares en diversas ciudades estadounidenses y en otros países del mundo se revelaran.

McCarthy, quien también coescribió el guion de la película -por lo que también está nominado al Óscar, aparte de mejor director- , lleva al espectador a un recorrido de diálogos, a un camino en el que se muestra el oficio del periodista desde la soledad de sus dudas y angustias individuales hasta la adrenalina de las confrontaciones de una sala de redacción. Desde el preguntarse cómo se nos pudo pasar toda esta basura por nuestras narices y no olerla hasta la dolorosa constatación de que un colega, años atrás, escondió esa basura para defender al poder.

No se engañen. Spotlight no es una película que a ratos pueda parecer un documental. Por momentos el vértigo de la investigación, las piedras que el poder intenta poner para ocultar la verdad transforman a este filme en un thriller que recuerda a Todos los hombres del presidente o The Insider, otras dos películas que muestran con fortaleza el mundo del periodismo.

Porque lo que Spotlight trae -además de ese dolor mediado con tinta y papel con las más de 600 historias publicadas que simbolizan a la justicia largamente postergada- es una muestra de lo que significa la institución del periodismo en las sociedades democráticas: el ejercicio del contrapoder. La herramienta necesaria para fiscalizar a los que mandan, a los que manejan los dineros públicos. Al poder en general.

El fuego, la pasión por el periodismo, está brillantemente retratada en la actuación de Mark Ruffalo (nominado al Oscar como mejor actor secundario) en el papel del periodista Mike Rezendes. Ruffalo demuestra con solidez la intensidad de un reportero imbuido en su trabajo y se lleva largamente el protagonismo del filme. Rachel McAdams, la canadiense nominada a la estatuilla de la Academia como mejor actriz secundaria, logra también un buen registro en su papel de la periodista Sacha Pfeiffer, otra integrante del equipo de investigación Spotlight, capitaneado por Robby Robinson, interpretado con sobriedad por Michael Keaton.

En estas épocas en las que el oficio periodístico es vilipendiado recurrente y sistemáticamente desde el poder, esta película sobre el trabajo de The Boston Globe ofrece un recordatorio de la dignidad del periodismo cuando se aleja de las alfombras del poder. Cuando no se arrastra ante la pauta o ante las advertencias de que algo, aunque sea verdad, no es aconsejable porque puede herir la sensibilidad de la fe de sus lectores.

Es el recordatorio -más bien la sentencia- que el recién nombrado editor del Globe le dice en la película en una visita protocolaria al Cardenal de Boston, Bernard Law, el encubridor de la pederastia, quien le advierte que “una ciudad florece cuando sus grandes instituciones trabajan juntas”. Marty Baron, el editor, hace una pausa y responde: “Para que un periódico funcione bien realmente necesita trabajar con independencia”.

Spotlight es el triunfo de una verdad oculta, aunque a veces la justicia real no castigue a los agresores. Y también es el triunfo del periodismo. (O)