Antiguamente, y con ciertas excepciones hoy en día, seguir la profesión de los padres o de la familia era el único camino, pero hay papás que, sin proponérselo, consiguieron que sus hijos preserven el oficio familiar.

Uno de ellos es Viejo Napo, como muchos llaman a Héctor Napolitano. Sus hijos Bastián, de 23; Lucas, de 18; y Delia, de 7, sin que él así lo planeara, se fueron abriendo camino en la música por cuenta propia o, más bien, por “herencia genética y herencia cultural”.

Según cuenta, a sus 57 años, ese placer rítmico retumba en su sangre por su abuela paterna, Ana Santos, y por el resto de músicos –algunos ya fallecidos– de quienes es descendiente, entre ellos, Pappo Napolitano, el famoso guitarrista y cantante argentino de blues y rock.

Sus hijos continúan con su legado y el de sus antepasados porque así lo eligieron.

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Lucas subraya que toda su vida ha estado rodeado de músicos, pero la idea de sumarse al clan se arraigó en su psique a los 15 años cuando un amigo de Napo le enseñó sus primeros acordes en Galápagos, donde nació. Él quería ser capitán de barco y su padre también auguraba para él un futuro en el campo de la biología marina. “Pero me salió músico el chico”.

Él no fue el único. Bastián estudia Música Contemporánea en la Universidad San Francisco de Quito y es el baterista de Verde 70, y Delia escogió el violín “porque le dio la gana”, asevera Napo, quien agrega que prefiere verlos tocar que subirse con ellos al escenario, pese a que esto es recurrente. “Yo soy un poco malgenio y no me gusta discutir con mis hijos”.

La música es alimento y medicina a la vez, del alma, de la mente, inclusive del cuerpo. La música cura, es compañera inseparable y mi modo de vida ”.Héctor Napolitano, cantante

Un rockero que puede presumir de la vocación artística de sus hijos es el baterista Willy Wong. La partitura de su historia la empezó a escribir su padre, Carlos Wong Silva, quien es coleccionista de discos.

“La casa está llena de discos y desde que empieza el día hasta que termina solo se escucha música. Era lógico que alguien fuera músico”, expresa Willy.

Su relación con la batería fue “amor a primer olfato”. “Es un instrumento que se toca sentado y, además, el olor a madera me vuelve loco”, confiesa, entre risas que contagian a la mayor de sus tres hijos, Megan.

Él nunca pensó que ella cambiaría las muñecas por las baquetas. “A mi papi lo veía tocar desde chiquita... Era fuente de inspiración. Yo lo veía tocar y decía: algún día quiero tocar así”. Y sucedió.

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El artista nace, no se hace... Yo creo que esto se lleva en la sangre... Esa es mi teoría. De tal palo, tal astilla ”.Willy Wong, baterista

Roberto Bolaños Terán y sus hijos Roberto y Ricardo no solo han vivido de la música toda su vida, sino que aprendieron a tocar la guitarra, el saxofón y la batería, respectivamente, de manera autodidacta.

Ricardo iba a ser futbolista, pero Roberto, desde pequeño, al igual que su padre, tuvo la música impresa en los genes y “buen oído musical”.

Por 15 años compartieron su máximo placer en Bolaños Jazz y aunque ese proyecto se disolvió, las texturas sonoras y ritmos del género aún acompañan a estos músicos prodigio.

“La música es una ciencia y un arte perfecto. Fue mi vida, ha sido mi vida y será mi vida hasta que (esta) se acabe”, dice Bolaños Terán, mientras que su hijo Roberto destaca que “pocas personas logran vivir bien de lo que aman”. Ellos son los afortunados.

La profesión más honorable y honesta que conozco es la música, no tiene de dónde ser deshonesta y me alegra sobremanera que mis hijos la hayan seguido ”.Roberto Bolaños Terán, guitarrista