Ayer, 29 de marzo, se inició la Semana Santa con el Domingo de Ramos. La población católica, que supera los 1.400 millones de personas en el mundo, conmemora la pasión de Cristo con reflexiones que alcanzan a todo el planeta. No están limitadas a un credo o religión.
A todas las creencias se debe respeto y en esta semana la Católica, en particular, vive una de gran valor para su comunidad. El papa León XIV lanzó un fuerte llamado a favor de la paz al clamar “¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!” en la homilía de la misa de su primer Domingo de Ramos como sumo pontífice. Vivir en paz es un derecho universal y los poderes políticos deben entenderlo.
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En la homilía el papa habló del ejemplo de Jesús, rey de la paz, que “no se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra. Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia”.
El mundo hoy es sujeto de enfrentamientos bélicos en unas regiones, de violencia física y verbal en otras. Más allá de la religión, cada líder político, cada ciudadano que lo sostiene tienen la obligación de reflexionar en lo que quieren para sus pueblos, para sus familias.
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Ser espectadores del drama de guerra o de la violencia de grupos de delincuencia organizada e incluso de la violencia doméstica no es la solución. Los efectos de estos desastres llegarán hasta a las sociedades que parecen más distantes.
La indiferencia no es el camino. A la comunidad internacional tiene que importarle y debe abogar para el fin de las guerras. Este es un trabajo conjunto de la diplomacia, más allá del clamor del papa en Semana Santa.
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La violencia delictiva o contra la familia tiene que erradicarse con acciones. El marco legal en la mayoría de naciones existe, pero la descomposición de las instituciones, la corrupción y la concentración de poder se han convertido en un obstáculo. Esta es una semana de reflexión para la fe católica. También es una oportunidad para que todos analicemos lo que está mal en el mundo. (O)