La sorpresa de este junio en el Litoral ecuatoriano han sido las lluvias. Y específicamente en Guayaquil, fuertes aguaceros acompañados de tormentas eléctricas y las inundaciones que, a mitad de año, resultan extrañas, pues se las cree posibles solo en invierno y no en verano que es la temporada que, cronológicamente, debería estar presente.
Pero no, este año es distinto porque hace rato se anunció que hay un superfenómeno del Niño en el horizonte, que ha llevado a disparar todas las alarmas. Incluso a adelantar las elecciones seccionales para impedir que aquel evento climático afecte la posibilidad de ir a las urnas.
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Y es justo en esas urnas donde se van a elegir los destinos de los 222 cantones en 24 provincias que tiene el país. Por lo que los alcaldes y quienes pretendan serlo, así como los prefectos, deben estar atentos a lo que sucede cada vez que llueve con fuerza, como ocurrió hace solo horas en Guayaquil y su área de influencia.
Quien sea elegido en Guayaquil, por ejemplo, debe tener claro que la ciudad tiene la marca de estuarina, pero no por eso está destinada a inundarse cada vez que llueve. Falacia. Conformismo. Incapacidad en quien piensa así. Se inunda al producirse la combinación de lluvia, marea alta, sedimentación, expansión urbana y drenaje insuficiente, en el mismo sitio.
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Las ciudades asentadas en un estuario, como Guayaquil, están en la zona donde el río Guayas desemboca en el océano Pacífico y el agua dulce se mezcla con la salada. Encuentro altamente dinámico, pero vulnerable a las mareas, que hace obligatoria una planificación específica sobre inundaciones, que actualmente no vemos.
Y aunque algunos se muestran permanentemente inconformes por el sitio donde los españoles trasladaron la ciudad, vale decir que no fue desacertado buscar que el comercio del interior tenga directa salida al mar, por el estuario de Puná. Cabe entonces tomar más que nunca en serio este tema y darle a Guayaquil de una vez por todas el trato de las ciudades estuarinas. (O)