Desde hace décadas nos preguntamos si en Ecuador hemos vivido una verdadera democracia, una que respete la libertad individual y en la que el Estado garantice condiciones mínimas en salud, seguridad social, seguridad ciudadana, empleo adecuado, protección de los derechos humanos, un sistema judicial eficiente y servicios públicos de calidad.
En su libro La crisis del capitalismo democrático, el economista británico Martin Wolf sostiene que tras la crisis financiera de 2007-2012 y la pandemia del COVID-19, se acentuó la fragilidad del “matrimonio” entre el capitalismo y la democracia liberal. Esto impulsó la aparición de líderes populistas, de derecha y de izquierda, que apelan al nacionalismo y al descontento social de ciudadanos frustrados con la democracia partidista.
Wolf explica que desde 1980 la globalización, la liberalización del comercio y el mayor flujo de capitales crecieron con fuerza. Países como China y Singapur aprovecharon esta dinámica para industrializarse rápidamente, combinando bajos costos laborales, tecnología y el know-how occidental. El resultado fue un crecimiento explosivo del comercio mundial, que en 2008 alcanzó cerca del 60 % de la producción global. Pero esta misma globalización ha complicado la vida de millones de personas, especialmente en EE. UU., donde muchos perdieron sus empleos y vieron deteriorarse su nivel de vida. De allí surgieron líderes no tradicionales como Donald Trump, que apelaron al nacionalismo, al proteccionismo y al control migratorio para “proteger” el empleo local. Fenómenos similares han aparecido en todo el mundo, generalmente con tinte autoritario.
Si hoy invitáramos a Keynes y a Friedman a un pódcast de economía, difícilmente se pondrían de acuerdo: uno defendería mayor intervención estatal y más impuestos; el otro, mercados libres y menor regulación. La historia demuestra que ningún extremo funciona de forma permanente.
En Ecuador la solución pasa por un camino propio y realista. No podemos seguir como estamos. Necesitamos un plan a cinco años enfocado en mantener superávit fiscal, promover la inversión en producción y exploración de petróleo, gas natural y minería, modernizar, privatizar la comercialización de energía, y reducir desempleo y subempleo para fortalecer el sistema de pensiones y combatir la pobreza. También debemos alinear nuestra política exterior con socios estratégicos que hoy priorizan el control del narcotráfico y el desarrollo regional.
La verdadera democracia con libertad económica es posible si líderes ecuatorianos dejan de lado cálculos cortoplacistas, coordinan una agenda urgente y construyen alianzas sólidas, dentro y fuera del país.
Ecuador aún está a tiempo de recomponer ese “matrimonio” entre democracia y capitalismo. Con instituciones fuertes, reglas claras y un proyecto nacional compartido, podemos recuperar la confianza ciudadana, atraer inversión y generar oportunidades reales. No se trata de elegir entre Estado o mercado, sino de hacerlos funcionar juntos. Si lo logramos, el país no solo saldrá del estancamiento: puede volver a creer en su futuro. (O)












