¿Cómo se puede seguir viviendo entero después de pasar por una experiencia que casi nos mata, y, lo que es más grave, en la que mueren otras personas? ¿Por qué la mortandad que asola en un lugar no me alcanza, sino que se ensaña con otros que estaban cerca de mí? Esta es acaso una de las interrogantes más conmovedoras que plantea el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en su reciente libro Ahora y en la hora (Bogotá, Alfaguara, 2025), una crónica sobre sí mismo a partir del antes y después de su decisión de visitar el frente de guerra en el Donbás, en la frontera de Ucrania con Rusia.
Movido por la necesidad de testimoniar la agresión bélica emprendida por Vladimir Putin –el nuevo zar de la Rusia imperial–, Abad acepta alargar su participación en Kyiv –originalmente pensada para asistir a una feria del libro en la que se presenta la traducción al ucraniano de su libro El olvido que seremos– para ir al frente de guerra en el que ve ciudades arrasadas, soldados mutilados, gente desplazada, campos devastados… En la noche en que debía abandonar esa zona, un misil Iskander ruso de alta precisión, con 600 kilos de explosivos, estalla en la pizzería donde Abad cena con sus amigos.
Abad sobrevive, pero en el restaurante mueren trece personas que se hallan a pocos metros de distancia. Y entonces su escritura formula la inevitable pregunta: ¿por qué unos se salvan, y otros no? “Después de una experiencia límite, uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando”. Dos ideas sobresalen de esta terrible experiencia: las ganas de sobrevivir a una tragedia y la constatación de las segundas oportunidades que se nos ofrecen. Esta crónica tiene mucho de reflexión espiritual.
Lo increíble es que el fundamento de las guerras que nos espantan –la de Rusia contra Ucrania, la de Hamás contra la población civil israelí, la de Israel contra Gaza, la de EE. UU. contra Irán– no solo es del orden geopolítico e histórico, sino que nos revela nuestra misma condición humana en la que nos hallamos librando algún tipo de batalla: contra nuestros jefes, nuestros compañeros de trabajo, contra nuestra familia política, contra los rivales, contra los que antes eran amigos… Hay unas guerras que salen en las noticias y también esas otras ocultas que hablan de nuestro modo de estar en el mundo, y que demandan crear una nueva conciencia.
Sabemos que la muerte nos llegará: “¿Cómo puede ser real la muerte si lo que la muerte hace es, precisamente, suprimir la realidad? La muerte es eso: que la realidad cesa, que el mundo que amas (tus hijos, tu mujer, tu país, tus paisajes, tus cosas) se terminan de repente y pasan a no ser nada”, dice Abad. Lo que nos lleva a pensar si son suficientes las razones de nuestras guerras. Y, como escribir es reconocer una familia de textos, Abad recoge una frase de la novela 1984 de George Orwell que trae una idea desconcertante: “Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”. ¿Cómo hace cada uno para mantenerse humano entre tanta inhumanidad? (O)










