Ecuador discute su crisis eléctrica desde el mismo enfoque, cuántos megavatios adicionales necesitamos generar. Es una discusión válida, pero incompleta. Porque mientras una turbina puede tardar hasta tres años en entrar en operación, existen acciones que pueden implementarse en meses y que hoy están fuera del debate. El país necesita usar mejor la energía que ya tiene, y esto no implica apagar focos. Un programa nacional de eficiencia energética, enfocado inicialmente en climatización, podría reducir de forma significativa la demanda en horas pico. En zonas cálidas, el aire acondicionado representa una fracción importante del consumo, y la migración hacia equipos más eficientes puede reducir ese consumo entre un 20 % y 40 %. Si este esfuerzo se amplía a refrigeración, iluminación y otros electrodomésticos, el impacto acumulado puede superar fácilmente los 100 MW en momentos críticos. Suena simple, pero comparemos.
El alquiler de una barcaza de 100 MW puede costar millones de dólares mensuales, sin incluir combustible. Un programa de eficiencia requiere inversión inicial, pero genera un beneficio permanente, reduce la demanda estructural del sistema, disminuye el gasto de los hogares y moderniza el parque de equipos del país. Esto no reemplaza la necesidad de nuevas centrales, pero sí reduce la urgencia, el costo y la vulnerabilidad del sistema. En un país que lucha por cada MW, recuperar 100 MW es altamente significativo.
El impacto es aún más evidente en el sector salud. Los hospitales pueden reducir su consumo energético en más del 20 % mediante eficiencia operativa y tecnológica. Cada dólar ahorrado en energía puede destinarse a medicamentos, mantenimiento de equipos o ampliación de cobertura. En términos prácticos, esto puede representar hasta un 3 % o 4 % adicional del presupuesto de medicinas, lo que se traduce en cientos de tratamientos más al año, incluyendo más atenciones adicionales para niños con enfermedades críticas o crónicas. En un sistema con restricciones presupuestarias, se convertiría en una política pública que salva vidas.
Las universidades ecuatorianas cuentan con capacidades técnicas en ingeniería, datos y automatización que pueden ponerse al servicio de este desafío. Auditorías energéticas, pilotos de eficiencia, monitoreo en tiempo real y modelos de mantenimiento predictivo pueden implementarse en meses con una articulación adecuada. El país necesita a sus universidades y estas necesitan problemas reales que resolver.
A esto se suma una dimensión técnica que suele ignorarse, la disponibilidad real del sistema. Parte de la energía que Ecuador necesita no está en nuevas plantas, sino en evitar pérdidas por fallas, mantenimiento reactivo y operación ineficiente. La incorporación de analítica avanzada y mantenimiento predictivo puede recuperar capacidad existente sin construir un solo megavatio adicional. El futuro energético del Ecuador no se resolverá únicamente construyendo más, sino gestionando mejor. Mientras llegan las grandes soluciones, el país tiene la responsabilidad de implementar las inmediatas. (O)