Por el año de 1976, cuando se construía la primera central hidroeléctrica grande (para el tiempo) en el Ecuador, Pisayambo (ahora Pucará ) con 75 MW de potencia, ejecutada por contratistas transnacionales y fiscalizada con personal de Inecel. Por disposición superior, un grupo de ingenieros jóvenes (sin experiencia) fuimos asignados a fiscalizar la construcción de la presa de tierra (obra difícil de la ingeniería civil), en condiciones de trabajo ultradeplorables: clima riguroso, 4.000 metros sobre el nivel del mar, dormir en chozas, alimentación en el comedor del contratista, poco instruidos y presionados, incomprensión total de los jefes. Así vivimos dos años, la obra se terminó y está incólume, nosotros aprendimos el oficio.

En este escenario, un buen día llegaron a visitarnos tres estudiantes universitarios que venían a hacer su pasantía obligatoria desde la Universidad Católica, Escuela Politécnica Nacional y la Universidad Central; cuyos perfiles eran los siguientes. El primero, daba señales de conocimiento teórico, pero su extremada timidez, impidió su lucimiento, a la semana desertó. El segundo, demostró conocimiento para resolver problemas difíciles (hidráulica subterránea), pero cuando le tocaba problemas fáciles le costaba (control del ingreso de materiales a la presa), como estos eran los cotidianos, se aburrió y al mes pidió la baja. El tercero, apenas presentaba conocimientos básicos de ingeniería civil, pero mucha resiliencia, que le permitió adaptarse al medio. Resolver problemas técnicos difíciles le costaba, pero los fáciles hacía con solvencia, fue el único que terminó la pasantía en el tiempo establecido.

Divertido, ¿verdad?, pero es lo que sucedió hace 50 años, espero que hoy la situación sea distinta. Moraleja: jefes y estudiantes, antes de ser profesionales deben pasar por la universidad de la vida, para entenderla y respetarla. (O)

Publicidad

Marco A. Zurita Ríos, ingeniero civil, Quito