Tenemos desastres antropogénicos y naturales, dos clases de calamidades. Recordemos lo que el investigador Walter Naranjo Salas en Los libertadores. Carlos Montúfar, espada y escudo del Estado de Quito narra, de desastres naturales en la Sierra en el siglo XVIII: veinte erupciones volcánicas; trece terremotos destruyendo a Riobamba y obligando a su nueva reubicación; se afectaron también cinco ciudades y sus alrededores, generaron miles de víctimas, daños en las comunicaciones, infraestructuras, actividades agrícola, ganadera, comercial, quiteña; surgimiento de trece epidemias de viruela, gripe, tifoidea...

Brilló nuestro sabio Eugenio Espejo al diagnosticar, según el historiador Alfonso Ortiz, que las razones del origen de las enfermedades fueron por desaseo, escasez de víveres, falta de retretes; confirmándose que el causante mayor sigue siendo la falta de higiene, y cumpliéndose lo dicho por Humboldt en 1802, “los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”. ¿Podemos evitar tamaña denominación? Sí, construyendo debidamente nuestras vías de comunicación y no embadurnadas, teniendo programas sobre aludes, desahogo de correntadas de aguas de las montañas, solucionar las mezclas inapropiadas, fisuras, aguas subterranéas..., que no se consideran oportunamente, por esto el resultado: pésimas vías de comunicación. ¿Cómo enfrentar los desastres naturales? La Secretaría de Gestión de Riesgos mediante la Ley de Seguridad Pública y del Estado dispone (artículo 3, literal a) la identificación de los riesgos naturales para reducir la vulnerabilidad que afecte o pueda afectar al territorio ecuatoriano. En el fatídico 16 de abril de 2016 por el terremoto en Manabí, hubo demostración de total desorganización alejada de lo exigido por ley. Como país nos debemos protección por la invariable circunstancia de nuestra ubicación territorial, crear o separar fonditos intocables, so pena de destitución de la autoridad sin distinción jerárquica, que pretenda darles otro destino. (O)

Regina Zambrano Reina, doctora en Jurisprudencia, Guayaquil