Si de algo tengo que agradecer a mi padre y a mis hermanos es haberme permitido estudiar en un colegio de jesuitas (San Felipe Neri de Riobamba), ahí pude conocer a Dios como principal prioridad. Todo lo hacíamos con Dios, en mi caso desordenado y pecador solo me infundió respeto y desde ahí hemos mantenido unas buenas relaciones entre el pecado y el perdón, con él ya me he topado unas dos veces que he estado al filo de la muerte.

La vida es un milagro, de millones de posibilidades solo uno logra penetrar en el óvulo, de ahí en un extraordinario proceso venimos nosotros, tú, yo, ellos en una gran hermandad con la gran mente. Hay un principio zen que dice que si amas lo sagrado y desprecias las cosas ordinarias, aún sigues flotando en el océano de la ilusión, he leído los múltiples interrogatorios que se han hecho a muchos científicos sobre la existencia de Dios y la mayoría sospecha sobre su existencia; yo lo veo en todas las perfectas manifestaciones del universo, todo en perfecto orden, un ejemplo el sol, si solo se alejara unos cuantos kilómetros, nos congelaríamos, y si se acercara unos cuantos kilómetros, nos quemaríamos.

Wayne Dyer tradujo un libro de Lao Tse, el Tao Te Ching y extrajo 81 versos, el IV dice acerca de Dios, él lo llamó el Tao y dice: el Tao es vacío, pero es inagotable, insondable, antepasado de todas las cosas. En su interior las afiladas aristas se suavizan, los retorcidos nudos se deslían, el sol se atempera por una nube, el polvo se deposita en su sitio. Está escondido, pero siempre presente, no sé de quién es hijo, parece ser el antepasado común de todas las cosas. El padre del universo”.

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A mí Dios me ayudó en todo lo que no he podido resolver y, pues, ¡aquí estoy!, agradecido y rindiéndole los honores que como padre eterno se merece. (O)

Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro