Qué mundo tan raro este que nos tiene atrapados en una pandemia, pero a pesar de lo negativo que nos toca padecer, aún hay signos de esperanza para salir de todo esto. Sacar fortaleza de nuestro debilitado entusiasmo para reinventar esta aventura de vivir.

Con un pequeño grupo de amigos, excompañeros de trabajo, quedamos en reunirnos, pero han sido tantos los imprevistos que hemos ido postergando hasta que, por fin, ocurrió el anhelado momento. En realidad, no sabíamos si reír, permanecer callados, lamentar las ausencias de algunos seres queridos y otros padeciendo el mal de las preocupantes dolencias. Pudo más la alegría del fraternal encuentro, confundidos en un saludo cordial con la distancia y las recomendaciones ya conocidas. Experimentamos en carne propia lo que significa estar ausentes de los fraternales afectos tan necesarios para mantener el vigoroso contacto humano. Cuánta falta nos hace activar los anhelos vehementes de la amistad para fortalecer la sincera expresión del aprecio, respeto y gentileza. Y nos preguntamos, ¿dónde están los amigos verdaderos? Nos anima saber que en nuestra cofradía no son muchos los convidados, más bien selectos, por su forma de ser y proceder. Amigos comprometidos con la solidaridad y los valores humanos, especialmente en esta época de emergencia sanitaria, laboral y alimentaria, donde debemos fortalecer nuestra voluntad de ayuda mutua. Bien por los amigos que aún quedamos para encontrarnos. Nobles amigos convertidos en una red de apoyo emocional, capaces de generar propuestas y brindar respuestas oportunas. Replantear nuestra convivencia armoniosa y productiva para tratar de darle alguna solución a tan diversas dificultades. Casi todos con más de medio siglo de vida, motivados y aceptando que después de los 60 la gente se vuelve más sabia y divertida. (O)

Fernando Héctor Naranjo Villacís, periodista, Guayaquil