En tiempos donde la fama se mide por seguidores y no por méritos, ¿qué lugar queda para los verdaderos próceres del saber, del arte, de la entrega silenciosa? ¿Qué destino aguarda a quienes dieron su vida por engrandecer a su patria, sin pedir nada a cambio? Hoy, con profunda tristeza y una mezcla de indignación y reverencia, quiero hablar del doctor José Manrique Izquieta, un nombre que debería estar grabado en la memoria colectiva de Guayaquil y del Ecuador entero.
Para las nuevas generaciones, su nombre quizás no diga nada. Y eso, más que una casualidad, es una tragedia cultural. Vivimos en una sociedad que enaltece figuras vacías, mientras olvida a quienes fueron verdaderos pilares de conocimiento, humanidad y arte. ¿Por qué no se recuerda al doctor Manrique? ¿Por negligencia? ¿Por olvido? ¿O porque hemos perdido la capacidad de reconocer lo verdadero, lo bello, lo admirable?
El doctor Manrique fue el primer cardiólogo del país. Fundador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Guayaquil, escritor prolífico, pensador humanista, escultor premiado nacional e internacionalmente. Su obra médica y artística fue vasta, profunda, generosa. Dedicó su vida a dignificar la vejez, a enseñar con pasión, a sanar con ciencia y compasión. Fue decano, maestro, mentor. Y también artista: la gran escultura que adorna la Facultad de Medicina fue esculpida por él mismo, como símbolo de la eterna lucha entre la vida y la muerte, entre el médico y el sufrimiento humano.
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Pero ¿qué ha hecho la ciudad con su legado?
Tras su fallecimiento, sus hijos entregaron más de 100 esculturas al alcalde Jaime Nebot de la Municipalidad de Guayaquil, junto al primer equipo de electrocardiografía donado por el mentor de dicho descubrimiento doctor Wilson. Todo fue documentado, oficializado, con la esperanza de que su obra fuera expuesta y honrada, como se ofreció. ¿Y qué ocurrió? Las esculturas fueron arrumadas en una bodega, rotas, olvidadas, tratadas como basura. Ningún alcalde ha dado prioridad al arte ni a la memoria de este ilustre hombre. Ninguna institución ha levantado la voz por él.
En el plano académico, la ignorancia es igual de dolorosa. Muchos médicos jóvenes desconocen que el mural que los recibe cada día fue creado por el fundador de su facultad. Ignoran quién luchó por mejorar la enseñanza, por construir un edificio digno, por formar generaciones con ética y humanidad.
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¿Qué pasó? ¿Cómo se permite que el nombre de alguien que dio tanto quede en el olvido? ¿Dónde están sus condecoraciones? ¿Dónde está el respeto por su obra, entrega y amor a la ciudad?
Lo que comento no es cuento, tampoco es ficción. Es la realidad de un hombre que fue, y a quien no dejaron ser. Es la historia de unos hijos que ya partieron junto a su padre y que solo pueden contar lo que no pueden ver: el legado de su abuelo, arrinconado en el silencio. (O)
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Ana Guadalupe Pareja Sotomayor de Manrique, Samborondón