El 2026 se perfila como un punto de inflexión para el Ecuador y, en particular, para la gestión del presidente Daniel Noboa Azín. No se trata únicamente de un cambio de calendario, sino de un momento en el que la ciudadanía comienza a exigir resultados tangibles, coherencia política y una visión de Estado que trascienda la coyuntura a corto plazo.

Desde su llegada al poder el presidente Noboa asumió el mando en un escenario marcado por la inseguridad, la fragilidad institucional, el desgaste de la política tradicional y una profunda desconfianza social. Gobernar en ese contexto implicó decisiones rápidas, algunas audaces, otras discutidas, pero casi todas bajo la presión permanente de una sociedad apremiada de respuestas y logros puntuales.

Uno de los ejes centrales de evaluación será la seguridad, la lucha contra el crimen organizado, declarada prioridad del país ha tenido avances y retrocesos, en una declaratoria de guerra interna. El país espera que, en este nuevo año, esta política se traduzca en una reducción sostenida de la violencia, pero también en el fortalecimiento del Estado de derecho, con una. La seguridad duradera no puede librar únicamente en medidas excepcionales; requiere instituciones sólidas, justicia efectiva y políticas sociales que ataquen las causas estructurales del delito.

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En el ámbito económico, el Gobierno enfrenta el reto de demostrar que la estabilidad macroeconómica puede coexistir con crecimientos continuos de producción, exportación y pronta generación necesaria de empleo. La relación del Ejecutivo con la Asamblea Nacional y con los actores sociales también será determinante; Ecuador ha sufrido por décadas una política de confrontación estéril, donde el bloqueo, la descalificación han reemplazado al diálogo democrático; asimismo, el compromiso presidencial será medido por su capacidad de fortalecer la institucionalidad. En este 2026, la ciudadanía espera señales claras de respeto a la independencia de funciones, transparencia en la gestión pública y lucha efectiva contra la corrupción; sin estos pilares fundamentales, cualquier proyecto político carece de legitimidad y proyección histórica.

Finalmente, el 2026 invita a una reflexión más profunda: ¿qué tipo de país se está construyendo? Más allá de cifras y decretos, el Gobierno de Daniel Noboa será juzgado por su capacidad de devolverle la confianza en el futuro, la esperanza en la política y la certeza de que el esfuerzo colectivo vale la pena. El Estado atraviesa un momento en el que el poder necesita menos protagonismo personal y más liderazgo institucional. La historia no recordará a quienes ocuparon cargos importantes, sino a quienes supieron ejercerlos con responsabilidad, firmeza y sentido de gobernanza. Un liderazgo efectivo promueve la transparencia, la coherencia entre el discurso y la acción, y el fortalecimiento de las instituciones como base de la confianza ciudadana. En momentos de desafío nacional, el liderazgo conciliador permite unir esfuerzos, fortalecer las instituciones y avanzar hacia objetivos frecuentes, por consiguiente, el país necesita menos confrontación y más responsabilidad compartida, donde el poder se ejerza con madurez, diálogo y sentido de Estado. El poder exige liderazgo responsable, visión de futuro, apertura al diálogo, gobernar con firmeza y respeto. La democracia permite construir consensos duraderos en beneficio del país. (O)

Nelson Humberto Salazar Ojeda, escritor, Quito