No sé por qué me atrae la cercanía de los ríos, no por mí, parece algo de mi alma, de mi espíritu. Nací en la Juan Montalvo y Colombia, casi a las orillas del río Milagro, cuando era un río grande y correntoso y con qué ansias esperábamos que vengan las lluvias a aumentar su caudal, poder bañarnos y poder navegar en canoas y balsas de Milagro a Chobo y Yaguachi. Estudié un par de años en la escuela Simón Bolívar cuando su estructura estaba cerca del río, me lo sabía al revés y al derecho, era un paraíso con flores y frutas, mangos, pomarrosa, pescados, tortugas y patos.

Era un río diseñado para una cierta cantidad de habitantes; luego vino el populismo y con él, el desorden, comenzaron las construcciones a obstruir su cauce y el gran río se convirtió en un riachuelo donde iban a parar todas las aguas servidas de la ciudad, este pequeño riachuelo recibe las aguas de ríos más grandes que al crecer con el invierno lo desbordan y el problema no es solo el agua sino la cantidad de microbios que se devuelven a la ciudad, siendo esta la causa de muchas enfermedades como las infecciones de la piel, de las vías gastrointestinales y respiratorias; y lo más grave de las inundaciones es que afectan principalmente a la gente más pobre de nuestra ciudad porque el agua entra en las casas y destruye muebles, electrodomésticos y bienes, toda una catástrofe.

La solución paliativa es limpiarlo, desovarlo, dragarlo, para que el agua corra, comprar bombas grandes para facilitar la salida del agua a sitios por donde no afecte a nadie. Se han presentado decenas de propuestas como desviar el río, usar compuertas, construir muros, creo que deberían los organismos pertinentes y técnicos hidráulicos ver cuál es la solución más viable de este grave problema de las inundaciones. (O)

Publicidad

Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro