Es increíble que el aeropuerto de Guayaquil siga en el mismo sitio donde fue construido a mediados del siglo pasado. Hace unos 20 años lo concesionaron al sector privado, mejoraron sus instalaciones, construyeron una nueva terminal, pero su traslado a Daular sigue en veremos.

Por su parte, el Gobierno quiere hacer el nuevo aeropuerto en Taura –que es una buena opción–, pero mejor sería en la isla Santay por muchas razones: está frente a la ciudad, de fácil acceso desde Guayaquil o Durán (en carro, por agua o en teleférico), apropiado para los pasajeros del centro o sur del país, con la misma orientación geográfica del aeropuerto actual, las mismas condiciones meteorológicas, etc. Además, está comprobado que las islas son los mejores sitios para construir aeropuertos. Tanto así que Japón –uno de los países con la infraestructura urbana más moderna del mundo– construyó expresamente una isla artificial para edificar el aeropuerto internacional de Kansai, en la bahía de Osaka.

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También a nivel del mar el aire es más denso, mejora el desempeño de las turbinas y los aviones no necesitan mucha pista para el aterrizaje o despegue. En la altura es al revés. Por eso, la pista del aeropuerto Mariscal Sucre en Quito tiene 4.100 metros y la del José Joaquín de Olmedo apenas 2.684 metros de longitud neta. En Nueva York, sus dos aeropuertos –John F. Kennedy y La Guardia– están al pie del mar.

Es posible que a los ambientalistas no les agrade la construcción del aeropuerto en la isla Santay, porque es un humedal protegido por la Convención de Ramsar, que incluyó tanto a la isla como a las aguas circundantes del río Guayas hasta sus riberas en Guayaquil y Durán, que suman una superficie total de 4.705 ha. De ser así, las islas Galápagos, que son patrimonio natural de la humanidad, no pudieran tener tres aeropuertos (el principal es el aeropuerto ecológico Seymour; aeropuerto de San Cristóbal, segundo aeropuerto de mayor capacidad; y aeropuerto de Isabela, para avionetas).

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Para la construcción del aeropuerto no se necesitarán más de 300 hectáreas, dos veces el tamaño del aeropuerto actual, apenas el 15 % del tamaño de la isla Santay y solo un 6 % del área Ramsar. Por lo tanto, no hay riesgo de afectación ambiental. (O)

Carlos Luis Hernández Bravo, ingeniero civil, Samborondón