A mi difunta esposa no le gustaba mucho que yo recordara constantemente ciertas fechas del calendario. Le decía “hoy son dos años de conocernos”, o, “10 años de tal cosa”. No es que le faltaba el romanticismo, pero pensaba que era como vivir en el pasado. Tal vez tenía razón.
Ella siempre se concentraba en mirar hacia adelante para estar lista para lo que el mañana trajera.
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La primera vez que le dije “hoy son dos millones quinientos noventa y dos mil segundos que estamos juntos”, se sorprendió muchísimo. No teníamos acceso al internet y lo calculé mentalmente en ese momento. “¡¿De qué hablas?!”, me dijo entre sonrisas. También sonreí y le dije “hoy cumplimos un mes de enamorados”. Y así, empecé con mis cálculos mentales y estadísticos para conmemorar fechas importantes de nuestra unión. Sin embargo, los fríos números los combinaba con mi espíritu sentimental y un tanto romántico, y así fueron transcurriendo cientos de millones de segundos que si uso la calculadora del celular me sale “E” (error).
Es que ni siquiera la calculadora científica más avanzada puede sumar los miles de momentos maravillosos que una pareja puede acumular a lo largo de toda una vida. Porque es inconmensurable e intangible el amor a alguien, a los hijos y a los nietos. No se puede expresar en números. Así como tampoco se puede expresar el vacío que deja la persona amada cuando ya no está, cuando ya se fue de nuestro lado en este mundo terrenal, aunque a pesar de esto el amor perdura.
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La mía lleva treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos allá en el infinito, donde todo es paz y armonía.
Estoy contando los segundos que me quedan en este mundo para que nos volvamos a encontrar y poder decirle cuánto estuve sin ella.
¡De aquí al infinito, con amor! (O)
Roberto Montalván Morla, Guayaquil