Desde que son niños aprenden a robar el sacapuntas y el borrador de su compañero de aula. Más tarde, se apoderan de la calculadora y de la computadora ajena. Luego, se gradúan con honores en el arte de la apropiación indebida, con especialidad en atraco, saqueo y rapiña.
Aquí, en suelo patrio, todo roban, desde el oro oculto bajo la tierra hasta el petróleo que fluye por los oleoductos. Los más perversos roban medicamentos de los hospitales y los de poca monta se conforman arranchando celulares y carteras a los peatones.
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Hay ladrones de autos, motos, bicicletas, departamentos, oficinas, locales comerciales, peluquerías y gasolineras. Nadie se libra. Otros roban la paz, hurtan la tranquilidad, se apoderan de la justicia para torcerla y violarla. Todos se olvidaron de obedecer el octavo mandamiento de la ley de Dios que dice: no hurtarás. No tienen temor de Dios ni sienten vergüenza.
Lo más llamativo es el amor que tienen algunas personas por estos delincuentes. Prohíben que se les vea el rostro en los medios, no quieren que sean extraditados, se oponen a que trabajen para ganarse el pan de cada día, los quieren tener siempre cerca para mimarlos, llevándoles comida, celulares y drogas a sus gélidas celdas, para que los pobres se distraigan en algo. Los quieren vagos, desocupados y atentos para sacar el título de máster en hurto, sustracción y expoliación.
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Pobre Ecuador, los ladrones son los nuevos ídolos de un país que se hunde en la pobreza, la ignorancia, la violencia y los polvos blancos. Nadie puede negar que vivimos en un país lleno de especialistas: asaltantes, carteristas, saqueadores y bandidos. (O)
Gustavo Vela Ycaza, Quito