​La campaña electoral ha saltado de las calles a las pantallas, y con ella, ha despertado esa fauna digital que aguarda agazapada cada ciclo democrático: los opinólogos de ocasión. Estos personajes, cuya máxima contribución social es un párrafo cargado de bilis, parecen convencidos de que su frustración personal constituye una forma de análisis político. Nada más alejado de la realidad.

​El fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más agresivo. Se trata de individuos que, ante su incapacidad crónica de construir algo positivo por cuenta propia, se dedican a demoler el ímpetu de quienes deciden dar un paso al frente. Para ellos no existe candidato bueno ni propuesta válida; su único fin es el desprestigio sistemático de todo aquel que tenga la audacia de aspirar a un cargo público.​

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Es, quizás, la herencia más amarga de la hiperconectividad: la democratización del insulto. Sin embargo, dentro de este ecosistema de odio existen niveles. Por un lado, están quienes dan la cara. Pero, por otro lado, conviven los más cobardes: los llamados “troles”. Estos sujetos, ocultos tras el velo de perfiles falsos y nombres ficticios, se especializan en la manufactura de la posverdad, difundiendo mentiras y verdades a medias para confundir a un electorado que merece respeto, no manipulación.

Intención de servir como si fuera un delito, y se castiga con el teclado a quien simplemente no encaja en sus narrativas de odio. Es el triunfo de la mediocridad sobre la propuesta. Como bien decían nuestros abuelos, estos individuos “ni rajan ni prestan el hacha”: no proponen, no ejecutan y, lo que es peor, intentan impedir que otros lo hagan.

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No podemos permitir que el ruido de los frustrados dicte el rumbo de nuestra democracia. Un candidato, sea quien sea, merece ser medido por su trayectoria, su plan de trabajo y su capacidad de gestión. Construir una ciudad o un país requiere de ciudadanos críticos, pero constructivos, no de jueces anónimos que solo saben destruir.

Es hora de elevar el nivel. No caigamos en la trampa de quienes solo buscan intoxicar el ambiente. Al final del día, el progreso se logra con propuestas y valentía, no con el veneno de quienes solo tienen una red social como refugio para sus propios fracasos. (O)

Julio Luna Viejó, comunicador social y consultor político, Guayaquil