La plaza de San Francisco es la más antigua de la ciudad de Guayaquil, construida en el siglo XVIII, donde resalta la icónica iglesia de su mismo nombre en el año 1702. En ese entonces cuenta la leyenda que estaba a cargo del fray Juan Simplón, un bondadoso sacerdote de origen español y se le atribuye de haber traído unas palomas de la región de Castilla, que se encontraban en el campanario de la torre en la iglesia, donde las cuidaba con mucha dedicación.
Esta plaza es el corazón histórico del centro de Guayaquil, es escenario de memorias, piedra y tiempo, es un espacio insobornable de encuentro ciudadano, donde la ciudad reza en su longeva iglesia.
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Al pasar de los tiempos, los viejos jubilados contaban historias en silencio y los adoquines rechinaban bajo las zancadas del momento, permanecían individuos en condición de calle, no eran más que sombra entre la muchedumbre que iban y venían, con los rostros sombríos y sus risas rápidas y sus prisas sin caminos. Dormían en un rincón de la plaza, bajo los árboles que parecían protegerlos como una nana dormida, sus casas eran unas mantas deslucidas y sus desayunos a veces el pan que regalaban los sacerdotes franciscanos al despertar el alba, “los que aún recordaban lo que era tener un corazón” cada mañana justo al clarear algunos se sentaban en la fuente de la plaza y lanzaban migajas de pan al aire, convocando con un sonsonete fino y entonces como si el firmamento respondiera a su llamado, centenares de palomas blancas, grises, azuladas con franjas negras en las alas, rabadilla blanca y cuello iridiscente, verdes, púrpura, marrones, rojizas, etc., bajaban en líneas curvas acercándose como una guardia de honor.
En la actualidad con su nueva reconstrucción fue reinaugurada en diciembre del año pasado tras una obra de renovación integral de parte del edil de turno. Ahí permanecen las palomas sobreviviendo época tras época con su noble belleza y atletismo, como mascotas distintivas de esta hermosa urbe porteña, causando emociones intensas de amor, tristeza o vivencias ajenas, dándole un objeto lírico a hombres de letras en su inspiración, como un verso que escribió Nicolás Augusto González: “El amor es arrullo de palomas, que entre las hojas del ameno huerto aspira de las flores el aroma”. (O)
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José Danilo Nieves Llanga, Guayaquil