La vida tiene una característica curiosa: en los momentos más difíciles suele sentirse el silencio de quienes pensábamos que estarían cerca.
Cuando las pruebas se manifiestan, cuando la incertidumbre golpea o cuando las fuerzas parecen agotarse, son pocos los que preguntan cómo estamos, pocos los que acompañan y menos aún los que realmente comprenden. Sin embargo, cuando una persona logra levantarse, reconstruirse y seguir adelante con esperanza, entonces aparecen las voces, las opiniones y, muchas veces, las críticas.
Esta realidad revela algo profundo sobre la condición humana. El progreso personal suele incomodar a quienes aún no han iniciado su propio proceso de cambio.
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La felicidad ajena, en ocasiones, se convierte en un espejo que refleja los miedos, las dudas o las oportunidades que otros no se han atrevido a enfrentar. Por ello surgen los juicios, las palabras que intentan desanimar o las miradas que cuestionan el crecimiento de alguien que decidió no quedarse en el mismo lugar.
Sin embargo, el verdadero desafío está en no permitir que esas voces apaguen nuestra luz interior. Crecer, sanar y construir una vida con dignidad no debería ser motivo de disculpa. Cada ser humano tiene derecho a avanzar, a buscar su bienestar y a caminar hacia un futuro más sereno. La paz personal, muchas veces, es el primer paso para construir una paz más amplia en la sociedad en la que vivimos.
Desde mi condición de abogado en libre ejercicio profesional y magíster en Derecho Procesal, considero que la cultura de paz no se limita a los discursos institucionales ni a las normas jurídicas.
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La paz social comienza en la forma en que tratamos a los demás, en la capacidad de respetar las diferencias y en la decisión de no alimentar el odio ni la confrontación. En un país como nuestro querido Ecuador, donde con frecuencia las discusiones se polarizan por motivos políticos, familiares o de grupo, resulta fundamental recordar que la convivencia se fortalece cuando aprendemos a escuchar y a comprender.
Por ello, la invitación es sencilla, pero profunda, queridos lectores, no se detengan por las críticas, no dejen apagar su esperanza por el juicio ajeno y no renuncien a la construcción de una vida plena por el qué dirán de las personas.
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Cuando una persona alcanza serenidad interior, también contribuye a sembrar armonía en su entorno.
Al final, la verdadera victoria no consiste en demostrar algo a los demás, sino en alcanzar la tranquilidad de vivir con dignidad, con respeto y con paz. Esa paz, sin duda, vale más que cualquier opinión pasajera. (O)
Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca


















