La educación médica atraviesa una crisis silenciosa pero profunda en América Latina, y nuestro país no es la excepción. Lo que empezó como un intento de humanizar la enseñanza y acompañar mejor al estudiante se ha convertido, en muchas instituciones, en una erosión progresiva del rigor académico.
Actualmente, el estudiante “no debe reprobar”, el profesor exigente es visto como un obstáculo y muchos padres presionan para que sus hijos aprueben a cualquier costo, incluso si no están preparados.
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Esta transformación no es un tema menor ni una percepción aislada: es un problema estructural que ya está dejando huella en los hospitales, donde empezamos a ver la “cosecha” de una formación permisiva. Lo observo a diario como docente y como médico asistencial: historias clínicas incompletas, exámenes físicos superficiales, diagnósticos apresurados, razonamiento pobre y una creciente dependencia de la tecnología para suplir carencias básicas. La consecuencia es inevitable: una atención mediocre, insegura y desprovista del juicio clínico que caracteriza a un buen médico.
Lo más preocupante es que, frente a esta realidad, quien exige calidad se convierte en el señalado. Al médico que mantiene estándares se lo etiqueta como “demasiado estricto”, “poco flexible” o “poco empático”, cuando en realidad está defendiendo el fundamento ético de la profesión: el compromiso con la vida del paciente. Esta inversión de valores, donde el profesor complaciente es celebrado y el riguroso es cuestionado, representa un síntoma grave de deterioro cultural en nuestras facultades de medicina.
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Mientras tanto, en Europa o Estados Unidos, donde el conocimiento es un requisito y no una opción, la norma es simple: si el estudiante no demuestra competencia, no avanza. Aquí, en cambio, se confunde bienestar con ausencia de dificultad, y apoyo con permisividad. Hemos pasado de la meritocracia al asistencialismo académico, de la responsabilidad personal a la responsabilidad delegada.
A esta crisis se suma una tendencia preocupante: la medicina del “continente sobre el contenido”. Estetoscopios de marca, scrubs de diseñador, identidades médicas construidas en redes sociales, etc., mientras el conocimiento –el verdadero sello del profesional– se diluye. La apariencia se ha vuelto más importante que el criterio clínico.
Este fenómeno no es nuevo. El propio Dr. René Favaloro, símbolo de la medicina humanista y rigurosa, denunció en su época el peligro de la mediocridad y la superficialidad en la formación profesional. Hoy, desde Ecuador, comparto la misma inquietud: no podemos permitir que la complacencia destruya la esencia de la medicina.
La solución no es volver a modelos punitivos, sino recuperar la seriedad, la exigencia basada en competencias, la responsabilidad individual y el prestigio del conocimiento profundo. La excelencia no es un adorno académico: es un deber moral.
No se trata de nostalgia del pasado ni de resistencia al progreso educativo, sino de un análisis objetivo: en la formación médica, la falta de rigor tiene consecuencias directas e irreversibles en la vida de los pacientes y en la seguridad del sistema de salud.
Si la región no reacciona a tiempo, el sistema sanitario pagará un precio muy alto. El futuro de nuestros pacientes depende de la calidad de quienes los atienden. Y la calidad comienza –y termina– en la formación médica. (O)
Édison Vásquez González, neurólogo, Daule