Durante décadas hemos repetido una idea que, aunque atractiva, es profundamente limitante: la creatividad es un don reservado para unos pocos. Genios, visionarios, mentes brillantes. El resto, simples ejecutores. Sin embargo, esta narrativa no solo es incorrecta, sino peligrosa en un mundo que exige innovación constante. La evidencia es clara: la creatividad no es un privilegio, es un proceso.

Lejos de ser un fenómeno espontáneo o mágico, generar ideas responde a una estructura cognitiva que puede aprenderse, entrenarse y perfeccionarse. Pensadores como Einstein ya lo intuían: el progreso no surge de sistemas rígidos, sino de individuos capaces de cuestionar, asociar y reconstruir la realidad. El problema es que hemos sido educados para lo contrario.

Desde temprana edad se nos entrena para encontrar la respuesta correcta, no para formular mejores preguntas. Se premia la lógica lineal, la repetición eficiente, la obediencia intelectual. En ese proceso, la creatividad que requiere duda, exploración y libertad queda relegada a un segundo plano. Sin embargo, el mundo actual ya no recompensa únicamente la eficiencia; recompensa la capacidad de reinterpretar problemas.

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En economías como la economía de nuestro país, donde los desafíos estructurales conviven con oportunidades emergentes, la creatividad no debería ser un lujo, sino una política implícita.

Innovar en modelos financieros, rediseñar servicios en la economía popular y solidaria, o incluso replantear la forma en que se generan ingresos requiere algo más que conocimiento técnico: requiere pensamiento creativo. Y aquí surge una verdad incómoda: no estamos formando creadores, estamos formando replicadores.

La creatividad exige romper con tres paradigmas profundamente arraigados: la dependencia absoluta de la experiencia; la creencia en verdades definitivas; y el rechazo a ideas que parecen “absurdas”. Paradójicamente, es en esas ideas improbables donde suelen encontrarse las soluciones más disruptivas.

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Además, el proceso creativo no es inmediato. Requiere fases: análisis, exploración, incubación y selección. Requiere pausas. Requiere incluso desconexión. En un entorno obsesionado con la inmediatez, esto puede parecer ineficiente, pero es, en realidad, profundamente estratégico.

Las organizaciones que entienden esto crean espacios para pensar sin presión, equipos diversos donde la opinión del experto y del profano valen lo mismo, y culturas donde la cantidad de ideas precede a su calidad. Porque la creatividad, como cualquier sistema complejo, responde a una lógica simple: mientras más conexiones generas, mayor es la probabilidad de descubrir algo valioso.

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El reto no es tener ideas. El reto es crear las condiciones para que surjan. Y eso implica un cambio cultural. En la educación, en las empresas, en la forma en que concebimos el talento humano.

La creatividad no es un talento excepcional. Es una disciplina olvidada que, bien entendida, puede convertirse en el principal motor de transformación individual y colectiva. La pregunta ya no es ¿quién es creativo?; la pregunta es ¿quién está dispuesto a pensar diferente? (O)

Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, Durán