Durante décadas, el mundo del trabajo se estructuró bajo una premisa aparentemente incuestionable: la racionalidad debía gobernar las decisiones, mientras que las emociones debían permanecer bajo control. Se asumía que sentir demasiado era sinónimo de debilidad profesional. Pero, la evidencia científica ha desmontado esa dicotomía. Hoy sabemos que las emociones no interfieren con la razón: la complementan. Y la capacidad para gestionarlas, lo que conocemos como inteligencia emocional, se ha convertido en una de las ventajas competitivas más subestimadas en las empresas.

La inteligencia emocional no es una moda empresarial ni un concepto de autoayuda. Es un constructo respaldado por investigación que integra habilidades como reconocer emociones propias y ajenas, comprender su impacto y regularlas estratégicamente. Desde los modelos académicos más sólidos hasta su aplicación práctica en liderazgo y gestión de equipos, la evidencia demuestran que las empresas emocionalmente inteligentes funcionan mejor.

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El auge de la psicología positiva reforzó esta mirada. En lugar de concentrarse exclusivamente en patologías organizacionales como el burnout o el conflicto, comenzó a estudiarse qué hace que las personas prosperen en el trabajo. Los resultados son contundentes. Equipos con líderes emocionalmente competentes muestran mayor cohesión, mejor adaptación al cambio y niveles más altos de compromiso. La regulación emocional adecuada reduce el estrés crónico y mejora la toma de decisiones bajo

presión.

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El liderazgo es, quizás, el terreno donde la inteligencia emocional muestra con mayor claridad su impacto. La capacidad de un directivo para gestionar sus impulsos, escuchar activamente, leer el clima emocional de su equipo y responder con equilibrio marca la diferencia entre una cultura organizacional tóxica y una resiliente. La autoridad formal ya no es suficiente. La legitimidad emocional es el nuevo activo estratégico.

No obstante, el concepto no está exento de críticas. Persisten debates sobre su definición precisa y su medición. ¿Es una habilidad cognitiva, un rasgo de personalidad, una combinación de ambas? La ciencia continúa afinando instrumentos y modelos. Pero más allá de las discusiones metodológicas, la experiencia organizacional evidencia que ignorar la dimensión emocional tiene un costo elevado: rotación, conflicto, desmotivación y pérdida de talento.

También es necesario distinguir entre regular emociones y suprimirlas. El llamado “trabajo emocional” la exigencia de mostrar determinadas emociones como parte del rol laboral, puede generar disonancia interna si no se acompaña de estrategias saludables. De ahí que el entrenamiento en competencias emocionales no debe limitarse a sonreír, sino a desarrollar comprensión profunda y autorregulación auténtica.

En un entorno laboral marcado por la incertidumbre, la digitalización y la presión constante por resultados, la inteligencia emocional emerge como una infraestructura invisible que sostiene el rendimiento sostenible.

Si las organizaciones aspiran a ser verdaderamente resilientes, innovadoras y humanas, deben comprender que gestionar emociones no es un lujo blando, sino una necesidad estratégica. (O)

Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, Durán