La indignación como conocemos, es el sentimiento intenso que percibimos los seres humanos cuando se agrede a la justicia, la dignidad propia y a los demás.
Son por demás notorias las consecuencias de esta emoción en el organismo como son: el aumento de la frecuencia cardiaca, la elevación de la presión arterial y los niveles hormonales como la adrenalina y el cortisol.
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He traído a colación este tema porque considero que es lo que estamos padeciendo la mayor parte de los ecuatorianos ante las circunstancias y las adversidades presentes.
Los que hemos vivido algún tiempo, con mayor razón, los que pasamos de las ocho décadas tenemos memoria y las experiencias de los acontecimientos suscitados en el país, en donde hemos visto desfilar gobiernos y políticos buenos, regulares y malos, pero nunca tan complejos y controvertidos como los de hace más de una década.
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Indignación causa entonces saber, ¿cómo hemos podido llegar a niveles tan desastrosos?, ¿quiénes son los culpables y por qué lo permitimos?
Los actores de esta tragedia tienen nombres y apellidos, pero no gastaré tinta en mencionarlos, porque son por demás conocidos y al buen entendedor pocas palabras.
¿Qué buenas obras y bienestar se puede esperar de un exmandatario que reniega del lugar donde nació y desea que le vaya mal al Ecuador? Es el mismo ser que permitió la implementación de la tabla de consumo de drogas y que hizo que se abrieran las fronteras para el ingreso de toda clase de delincuentes.
Indignación causa igual el silencio, el conformismo, la apatía, la indolencia de la gente de no hacer nada.
Indignación causa mirar y constatar que Ecuador figura a nivel internacional como un país de tránsito de la droga e inseguro para los turistas.
Causa indignación saber que las mafias hayan llegado con sus tentáculos a dominar y a persuadir a una parte de jóvenes para usarlos para sus fines perversos.
En los cuarteles lo primero que enseñan a los soldados y policías es amar y respetar a la patria y a rechazar con indignación a quienes pretendieran ofenderla. Saben que su deber es resguardar al país de todo tipo de atentados y agresiones, de velar por siempre por la seguridad y la paz de la nación.
Cuando se expresa que los buenos somos más, tiene sentido, porque el bien dominará siempre al mal, entonces no hay tiempo que perder para alzar nuestra voz de protesta ante el crimen organizado que ha devastado al Estado, a las familias y al sector empresarial y económico con las extorsiones, secuestros, vacunas y sicariatos.
La armonía, la conciliación, el respeto al prójimo, al estado de derecho, a la democracia, a la libertad, seguridad, justicia, libertad de pensamiento y el bienestar general de la ciudadanía, son elementos primordiales y equitativos para el sano convivir de la colectividad y constituyen el deber y la responsabilidad de los gobiernos que actúan a base de la democracia, equilibrio y sabiduría.
Frente al caos existente, entonces no podemos desviar nuestra mirada como si no pasara nada, no podemos ser indolentes, cuando estamos constatando que el país se está cayendo a pedazos.
Ecuatorianos en estas elecciones no solamente se definirá la dignidad de la patria, se determinará nuestro futuro y el de las generaciones venideras. Que el miedo usado por el crimen organizado no amedrenten nuestro valor. (O)
José Franco Castillo Celi, psicólogo y médico naturista, Guayaquil