Nelson Mandela pudo haberse erigido como un héroe intocable. Tenía razones de sobra: sobrevivió a 27 años de prisión, venció políticamente al régimen del apartheid y fue elegido presidente por millones de sudafricanos. Sin embargo, eligió un camino distinto y profundamente revolucionario: la humildad. En lugar de imponerse desde la altura del poder, decidió gobernar desde la grandeza del respeto. Mandela entendió que el liderazgo auténtico no se proclama: se practica. A pesar de su estatura histórica, trataba con la misma consideración a jefes de Estado, trabajadores, guardias y personal de limpieza. Saludaba por su nombre, escuchaba sin interrumpir y agradecía los gestos sencillos. Sabía que el respeto no se exige: se demuestra con actos cotidianos.

Uno de los gestos que mejor retratan su esencia ocurrió ya en la presidencia. Mandela invitó a almorzar a uno de sus antiguos carceleros. No lo hizo para humillarlo ni para recordar heridas del pasado, sino para enviar un mensaje poderoso: el verdadero liderazgo no se transforma con el poder; se revela. Aquel acto silencioso desarmó rencores y dejó una enseñanza imborrable para la historia. Humildad no es debilidad. Mandela jamás confundió la templanza con la sumisión. Fue firme cuando las circunstancias lo exigieron y valiente cuando el momento lo demandó. Pero nunca permitió que el ego gobernara sus decisiones. Comprendió que un líder dominado por el orgullo divide, mientras que uno guiado por la humildad une voluntades y construye nación. En un mundo obsesionado con el reconocimiento y la apariencia, Mandela dejó una lección vigente y necesaria: cuanto más grande es una persona por dentro, menos necesita imponerse por fuera. La verdadera autoridad no grita, no aplasta ni humilla. La verdadera autoridad inspira y convoca. (O)

Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado